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En una casita de la comuna de San Cristóbal vivía Silvestre, un gato con bigotes amarillos y una voz de tenor. Mientras sus vecinos cazaban ratones, él prefería sentarse en el tejado a cantar canciones de la cumbia chilena. Doña Rosa, su dueña, le recordaba: 'Silvestre, debes cazar, es tu deber'.
Un día, los ratones invadieron la despensa. '¡Silvestre! ¿Dónde estás?', llamó doña Rosa preocupada. El gato, con gracia, se acomodó el collar de flores que usaba para sus recitales y respondió: 'No te preocupes, tengo un plan'.
En lugar de perseguirlos, Silvestre empezó a cantar. Su voz resonó por el jardín, acompañada del suave viento de primavera. Los ratones, sorprendidos, detuvieron sus maullidos y se quedaron escuchando. '¿Eso es música?', preguntó el más viejo. 'Sí', dijo Silvestre, 'es arte'.
Con el tiempo, los ratones se fueron y el gato se convirtió en el espectáculo de la colonia. Cada tarde, los vecinos se sentaban en el patio a escuchar su canto. Doña Rosa, aunque no entendía la música, sonreía feliz. 'Mi Silvestre no caza ratones, pero trae alegría a todos'.
Y así, con cada nota, el gato demostró que no hay una única forma de ser especial. Mientras canta, el mundo se detiene y la magia vuelve a las casas.
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En los bosques de Chile, un cuervo sediento divisó un jarro con agua en lo alto de una roca. Al acercarse, descubrió que solo quedaba un poco de líquido, demasiado bajo para alcanzarlo con su pico. "¡Cómo me gustaría beber!", murmuró. Mientras pensaba, vio piedritas alrededor y comenzó a juntarlas una por una. Aunque muchos animales lo miraron extrañados, el cuervo insistió: "¡Pronto podré!". Cada piedra que introducía en el jarro elevaba el agua un poco más. Finalmente, el nivel fue suficiente para que el cuervo bebiera a su antojo. "¡La astucia siempre gana!", exclamó, mientras los otros animales lo observaban con asombro. La moraleja: la paciencia y el ingenio resuelven problemas que parecen imposibles.