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Bajo el techo de asfalto que cubre el cielo, Clara puso su telescopio como un cáliz. La noche no era más que un mapa de espoletas, faroles devorando la oscuridad. Los murmullos de las estrellas se ahogaban en ruidos de furgones, y las constelaciones se desdibujaban en la piel del firmamento. Con una sonrisa tímida, invitó al barrio a la vigilia: «Vamos a encontrar la Vía Láctea». Los vecinos llegaron con mantas y tazas de té, curiosos y desorientados. La muchacha les enseñó a reconocer los suspiros de Urano y los latidos de Vega, pero las luces de neón abofeteaban sus palabras. «Miren —dijo Clara—, las estrellas son reflejos de un encendedor que olvidamos apagar». El viento sopló, arrancando el telón de luces que cubría la bóveda. Un momento, el cosmos se asomó: Luceros titubeaban como polvo de diamantes en los ojos del horizonte. Los niños contaron estrellas y susurraron historias, mientras los adultos se quedaron mudos, acostumbrados a vivir bajo un velo de electricidad. Cuando los relatos se terminaron, las luces del amanecer llegaron a hurtadillas, y Clara recogió los ojos soñadores de quienes habían olvidado mirar hacia arriba. En el bolsillo de su chaqueta, guardó un pedazo de noche, una gota de silencio que algún día volvería a brotar cuando el alumbrado público se durmiera y el firmamento, cansado de ser prisionero, soltara un suspiro de libertad.
3) A partir del fragmento: 'El viento sopló, arrancando el telón de luces que cubría la bóveda. Un momento, el cosmos se asomó: Luceros titubeaban como polvo de diamantes en los ojos del horizonte', describe las imágenes mentales que se forman y el estado de ánimo que evocan.
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Kauyumari, un niño de once años perteneciente a la comunidad aymara, observaba por la ventanilla del bus cómo el horizonte de su querida Potosí iba desapareciendo entre la niebla. Su abuelo, anciano de mirada sabia y manos curtidas por los años, le había entregado un pequeño diario de cuero antes de la partida. 'Este libro te hará compañía en los días de tropiezo', le había dicho con una voz que sonaba como el viento en los altos cerros. Aunque extrañaba el sonido del queso de alpaca en el horno y el aroma de la chacra recién sembrada, su corazón latía con la determinación de un pájaro migratorio.
En Santiago, el cielo era distinto. Las luces de las calles competían con las estrellas, y los rascacielos parecían gigantescas pumas observando el mundo desde lo alto. Su compañera de banco, Camila, le preguntó al día siguiente: '¿Por qué miras tanto arriba? ¿Quieres ver una nave espacial o algo así?'. Kauyumari sonrió tristemente. 'Miro a los Apus', respondió. 'Son las montañas que cuidan de nosotros, aunque aquí no estén visibles'.
En la escuela, los maestros hablaban de las constelaciones griegas como si fueran las únicas historias que merecían ser contadas. Kauyumari, sin embargo, sabía que el mundo no era tan simple. Cada noche, en su cuarto pequeño y lleno de luces artificiales, abría el diario de su abuelo. Las páginas, bordadas con símbolos de la luna y del sol, narraban cómo los aymaras veían el universo como un cuerpo vivo, donde cada estrella tenía un nombre y una función. 'La constelación de Ñan T’ika', escribía su abuelo, 'es el camino que nos guía cuando perdemos la esperanza'.
Un día, durante un largo recreo, un grupo de niños se reunió alrededor de Kauyumari mientras dibujaba estrellas en una servilleta de café. '¿Y esta?', preguntó Leonardo, señalando un círculo de tres puntos brillantes. 'Es Illimani', dijo el niño, 'es una montaña que sostiene el equilibrio del universo. En mi pueblo, aprendimos que las montañas son guardianes que hablan con el viento'. Leonardo parpadeó. '¿Cómo sé que no es una invención tuya?'.
Kauyumari no respondió de inmediato. En su diario, había un dibujo del Collca, el recipiente imaginario donde se guardan las estrellas. 'Cuando el mundo se pone oscuro', escribía su abuelo, 'busca el Collca en tu interior. Allí encontrarás la luz para guiar a otros'.
La oportunidad llegó en una excursión escolar al Parque Metropolitano. La guía les pidió que encontraran su camino de regreso sin usar mapas. Camila se perdió al cruzar un puente, y el grupo se separó. Kauyumari, solo con su diario, observó el cielo. Allí, por encima de los edificios, brillaba Illimani. '¡Camila!', gritó. '¡Estás al este de aquí!'. Sus compañeros lo miraron con sorpresa. '¿Cómo lo sabes?', preguntó Leonardo.
'Porque el Collca me enseña a leer las estrellas', explicó Kauyumari mientras señalaba cómo el patrón de las montañas aymaras coincidía con los caminos que serpenteaban por el parque. 'Esto no es magia', agregó. 'Es aprender a escuchar a lo que está cerca y a lo que está lejos'.
Al final del día, bajo el reflejo de las luces del parque, los niños decidieron que las estrellas no eran solo luces lejanas. Para Camila, Illimani era ahora una montaña que recordaba la importancia de ayudar. Para Leonardo, una lección en cómo las historias pueden ser más que invenciones. Y para Kauyumari, la comprensión de que su abuelo no le había dado solo un diario, sino una herramienta para construir puentes entre mundos.
Mientras la ciudad se dormía, el niño aymara se asomó a la ventana. Esta vez, no sintió la ausencia de los cerros, sino el peso reconfortante de las historias que llevaba consigo. En el Collca de su mente, las estrellas brillaban más fuertes que nunca.
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Rapa Nui, isla emblemática de Chile, enfrenta una crisis ambiental urgente: el aumento de residuos plásticos en sus costas y ecosistemas marinos. En este contexto, María Huanca, una activista de 17 años, lidera un proyecto innovador que combina arte, tecnología y conciencia ecológica para proteger el entorno natural que la comunidad pascuense ha cuidado por siglos. Su iniciativa, 'Tuki A Huru' (‘Salvemos las Olas’), utiliza desechos plásticos recolectados en la isla para fabricar estructuras que evitan la erosión costera y promueven la regeneración de hábitats marinos.
Según datos del Ministerio del Medio Ambiente, solo en 2023, más del 80% de las playas chilenas, incluida Rapa Nui, reportaron presencia de microplásticos. La isla, que recibe alrededor de 300 toneladas anuales de residuos sólidos, enfrenta desafíos logísticos para su disposición adecuada. María, inspirada por el legado de los moai y la cultura ancestral de protección al entorno, propone una solución basada en la reutilización creativa. 'No podemos seguir viendo cómo los animales marinos mueren al confundir el plástico con alimento', afirma, citando un estudio de la Universidad de Chile que revela que el 45% de las aves marinas en la región tienen plástico en su estómago.
El proyecto de María se divide en tres etapas. Primero, se realiza una jornada comunitaria de limpieza costera, donde familias y escolares identifican tipologías de residuos (botellas, redes, envases). En segundo lugar, estos materiales se transforman en bloques de concreto ecológico, reforzados con plástico reciclado y arena volcánica local. Finalmente, las estructuras se instalan en zonas críticas de la bahía, como la entrada de la laguna Mataveri, para crear refugios artificiales donde pueden anidarse peces y crustáceos. 'Cada bloque evita que 12 kilogramos de plástico lleguen al océano', explica el ingeniero civil Andrés Lagos, asesor del proyecto.
Las infografías que María incluye en sus presentaciones mostranan el impacto positivo de su trabajo: en los primeros 6 meses, el equipo logró reciclar 2.5 toneladas de plástico y construir 200 m² de estructuras prototipo. Además, el proyecto ha sido adoptado como modelo por la Dirección de Gestión Ambiental de la Isla, que lo integra a su plan de mitigación de residuos. Un esquema detalla cómo los bloques crean corrientes de agua que distribuyen nutrientes, fortaleciendo la vida marina en una región donde el turismo y la pesca sostenible son vitales para la economía local.
La joven activista, reconocida en el Festival de Ecología 2024, resalta que su objetivo no es solo resolver un problema local, sino inspirar a comunidades remotas de Chile. 'Mostrar que con materiales que otros llaman basura, podemos construir soluciones que honran nuestra tierra y nuestros mares', asegura. Su trabajo ha generado un glosario de términos como 'biodegradación' o 'reciclaje mecánico', facilitando la comprensión de conceptos técnicos a niños y jóvenes de la isla.
Hoy, el cielo de Rapa Nui no solo es testigo de los moai, sino también de nuevas generaciones comprometidas. María espera que estos bloques ecológicos sean una metáfora visible: el futuro de los mares depende de cómo hoy reconvertimos lo que se quiere desechar. Su mensaje final, dirigido a las escuelas de la isla, es contundente: 'Cada plástico que reciclamos es un paso hacia una bahía viva, no un cementerio de residuos'.
El proyecto 'Tuki A Huru' se mantiene en constante evolución, adaptándose a las necesidades de otros archipiélagos chilenos con ecosistemas frágiles. Con su liderazgo, María Huanca no solo limpia playas, sino que sembracadena de responsabilidad ambiental en una=isla que, desde hace siglos, celebra la armonía entre hombre y naturaleza.