Relatos mitológicos
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Relatos mitológicos


Leer y comprender relatos mitológicos, considerando sus características y el contexto en el que se enmarcan.



📖 Lectura

En un tiempo remoto, cuando los mapuche aún hablaban con la tierra, vivía en la Selva Oscura una joven llamada Luma. Su piel era del color de la miel, y sus ojos reflejaban el cielo de verano. Desde niña, Luma sentía que la tierra y el cielo se entrelazaban en su corazón, y cada mañana salía a recoger flores para ofrecérselas a la Madre Pachamama. Entre su canasta, siempre había un tallo del copihue, rojo como la sangre de los mapuche, que crecía misteriosamente en una roca seca del valle. Un día, llegó el invierno más cruel que la región había visto. Los ríos se congelaron, los árboles se quebraron bajo el peso de la nieve, y los animales se escondieron. La Madre Pachamama, en su forma de vieja con trenzas de raíces, susurró a los ancianos que el equilibrio entre los mundos había sido roto. "Una sombra oscura ha sembrado el deseo en el corazón de los jefes. Quiere el fuego del sol que da vida a las tierras", les advirtió. Los jefes mapuche, divididos por el miedo y la ambición, comenzaron a disputar las últimas reservas de leña y agua. La selva, que antes era un canto de vida, se llenó de gritos y desconfianza. Luma, que había soñado con la Madre Pachamama durante tres noches, sabía que debía actuar. En su sueño, la anciana le mostró una grieta en el mundo: el copihue, su tallo rojo, era la llave para sellarla. "Solo con el sacrificio de algo que late con tu alma", le dijo la voz de la tierra. Luma se dirigió a la roca seca donde crecía el copihue, susurrando: "¿Por qué me llamas, Madre?". La roca se abrió, y de ella emergió el Guardián del Invierno, un ser de hielo cuyos ojos brillaban con la dureza de las montañas. "Tu sangre está viva, Luma", graznó el Guardián. "Ofrece el latido de tu corazón, y la grieta se cerrará. Pero si fallas, el frío consumirá el mundo.". Luma retrocedió, temblorosa. Su corazón palpitaba como una paloma asustada. No era solo su vida lo que ponía en juego: la selva entera dependía de su decisión. Recordó a su hermano recién nacido, al que no podía dejar morir de hambre, y a su abuela, quien le enseñó que "el amor no se planta, se entrega con las manos abiertas". Con decisión, Luma se arrodilló frente a la roca. "Toma", dijo, entregándole el copihue no con sus manos, sino con una cuchilla de ciprés, cortándose la palma. La sangre cayó sobre la grieta, y el Guardián retrocedió con un grito de trueno. De la roca empañada, brotó un árbol de copihues que iluminó el valle con su color carmesí. La Madre Pachamama apareció, sonriendo, y le dijo: "Tu amor por el equilibrio ha renovado la vida. Los copihues serán testigos silenciosos de la conexión entre los corazones y la tierra". Desde entonces, cada copihue que florece lleva en sus pétalos la historia de Luma: cómo el amor, al juntarse con la tierra y el sacrificio, puede sanar heridas que el frío y la codicia no logran sellar. Los mapuche, al ver su flor, recuerdan que la verdadera fuerza no está en poseer, sino en compartir, y que cada raíz que crece en la tierra es un latido de solidaridad.

1) ¿Qué personaje sobrenatural emerge de la roca seca donde crece el copihue?

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2) ¿Cuál es la enseñanza o moraleja principal que transmite este mito mapuche?

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Camila acariciaba la guitarra mientras la luz del atardecer se filtraba por la ventana del cuarto de su casa en la comuna de Vitacura. A sus 15 años, la madera del instrumento era más familiar que la pasta de sus cuadernos escolares. Su madre, profesora de biología, solía decir que la música era un pasatiempo divertido, pero que Camila debía enfocarse en sus estudios si quería convertirse en doctora. Su padre, ingeniero civil, la animaba a practicar piano o violín, algo más "formal" que la guitarra eléctrica que había pedido por su cumpleaños. Sin embargo, Camila sentía que las cuerdas de su guitarra le decían verdades que las ecuaciones o los libros no podrían contener. Cada noche, después de terminar las tareas, se escondía en el jardín trasero para tocar bajo la luz de la luna, susdedos dibujando acordes que resonaban con la inquietud de su corazón. Ese lunes, el profesor de música le entregó una carta sellada. "La Fundación Cultural del Cielo Oscuro busca jóvenes talentos para un concierto en el teatro Municipal", leyó con manos temblorosas. El premio incluía una beca para estudiar en una academia renombrada. Camila observó la carta con la misma intensidad que una estrella fugaz. Sabía que su familia no lo aprobaría. Su hermano mayor, Matías, quien había abandonado la pintura para estudiar derecho, le advirtió: "No te hagas ilusiones, Camila. Aquí no se vive de notas y melodías". Pero la posibilidad de tocar frente a un público, de demostrar que la música no era solo un hobby, la incitaba a soñar con un futuro distinto. La tensión se filtró en casa como un acorde disonante. Su madre ajustó su calendario de tutorías: "Necesitas más horas estudiando". Su padre revisó la letra pequeña de la beca: "¿Y si no te conviene?". Camila, con la guitarra en brazos, enfrentó la mirada de ambos. "No quiero ser alguien que me repite lo que debo hacer", murmuró. Esa noche, volvió a tocar en el jardín, pero ahora con el eco de las palabras de sus padres resonando como un eco en sus oídos. Su amigo Lucas, baterista en una banda local, le dijo: "Si estás lista para luchar, te apoyaré. Pero será difícil". La fecha del concierto se acercaba. Camila decidió llevar la guitarra a la clase de física. Mientras el profesor explicaba las leyes de Newton, se imaginaba las vibraciones de las cuerdas como fuerzas que atraían su destino. Su madre la descubrió practicando un solo en el cuarto, envuelta en la oscuridad de la noche. La confrontación fue inevitable. "¿Prefieres un sueño imposible a tus oportunidades reales?", preguntó con voz ronca. Camila respondió, con lágrimas en los ojos: "Prefiero un sueño que me hace sentir viva, aunque no sea el que esperan". El concierto llegó. Camila subió al escenario con el corazón acelerado, como si estuviera saltando desde un precipicio. Mientras tocaba, vio a sus padres en la fila de atrás, mirándola con una mezcla de orgullo y preocupación. El público aplaudió, pero Camila solo necesitaba una mirada: la de sí misma, confirmándole que había seguido la melodía de su alma. Al final, no ganó la beca, pero sí recibió una invitación para tocar en una feria artística. Su familia, aunque no lo dijo en voz alta, comenzó a escucharla de otra manera, entendiendo que la vida no es solo una recta, sino una sinfonía de caminos posibles. Desde entonces, Camila practica música cada vez que puede, pero no descuida los estudios. Aprendió que las decisiones no deben ser excluyentes, sino que pueden tejerse como notas en una partitura. Su madre, al ver que Camila había encontrado su ritmo, comentó: "A veces, el equilibrio es la mejor melodía". Camila sonrió, sabiendo que su historia no era un final, sino un nuevo compás que aún podía crecer, mezclando lo académico con lo que de verdad le llegaba al alma.

3) ¿Qué premio ofrecía la Fundación Cultural del Cielo Oscuro a los jóvenes talentos seleccionados?

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4) ¿Qué enseñanza o moraleja se puede extraer de la historia de Camila respecto a la relación entre los sueños personales y las expectativas familiares?

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El mar se despierta bajo un cielo de tinta azul, sus olas son susurros de un corazón que sueña despierto. A veces ruge como un león de espuma, arañando las rocas con uñas de sal y viento. A veces, duerme en un canto de sirenas, donde el sol se funde con el horizonte y el tiempo se vuelve arena entre los dedos. El océano, espejo de almas, guarda en sus profundidades el llanto de los naufragios que tuvimos de niños, los gritos de los tiburones que eran miedos en la noche, los besos de las estrellas que se hundían al amanecer. Una embarcación perdida en la bruma viaja entre remolinos, arrastrando velas que ondean como recuerdos rotos. Es el deseo, ese faro que titila en la distancia, invitando a hundirse o a flotar, según la marea de nuestro aliento. El salitre es el empeño en la piel, el eco de palabras que se evaporan en la espuma. Las algas, serpientes de plata, enrollan historias sin final, mientras las gaviotas atraviesan el aire con preguntas que olvidan. La luna, vieja amante del abismo, hiela la superficie con su mirada de hielo, y en esa capa frágil, el amor se desgarra y vuelve a tejerse con hilos de luz verdosa. Nadar en el mar es vivir en un libro de versos que nunca cierra, donde cada ciclista de la tormenta encuentra su templo. El océano no se cansa, aunque sus olas se quiebren contra el muelle de los años. En su seno, todo sentimiento tiene dueño: la calma, el tumulto, la añoranza que se arrastra en la orilla, y la paz que se cuela en el abrazo de las olas. Hijo del mar, ¿cómo no aprender a leer su mapa? En cada ola, un verso que anuncia la vuelta. En cada ciclón, la prueba de que el alma es vasta y libre, y en cada bahía, el refugio donde las emociones se acunan.

5) En el texto, ¿qué ser mitológico se menciona directamente en relación con el mar?

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6) ¿Qué visión de mundo se infiere del texto sobre el vínculo entre el mar y las emociones humanas?

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En la falda del cerro donde la viña llora, / el bandolero camina con espada de sol. / Sus ojos son lagunas donde vive la guerra, / y su voz, un viento que rompe los molares. La tierra le tiembla con cada pisada, / como si fueran ecos de caballos desbocados. / Roba a los codiciosos, da a los desamparados, / y el río, su testigo, canta entre raíces y olas. Un día, los soldados llegaron como cuervos, / con capas de acero y mentiras en los dedos. / Le tendieron redes de hierro y leyes bordadas, / y el cóndor, su sombra, se clavó en los ojos. "Aquí no hay reyes ni bastardos", gritó entre balas, / "solo un hombre que lucha por el alma de los campos." / La sangre se mezcló con la tierra y la raíz, / y el sol, testigo mudo, lo cubrió con su luz. Hoy, en las noches de viento, aún se escucha / el eco de su risa entre la maleza y la traza. / No murió el justiciero, vive en cada quebrada / donde el pobre levanta la voz contra la cuchilla de la justicia.

7) ¿Qué elemento sobrenatural se menciona explícitamente en el texto como parte del bandolero?

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8) ¿Qué enseñanza o visión de mundo se puede inferir del relato?

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Luciano y Camila habían sido inseparables desde que compartieron su primer almuerzo escolar. Él, con su pelo desordenado y sonrisa curiosa, siempre buscaba desafíos; ella, meticulosa y observadora, prefería planificar cada paso. Aunque parecían contrarios, su amistad se sostenía en la confianza mutua, como dos piezas de un rompecabezas que encajaban sin necesidad de forzarlas. Cuando el colegio anunció un viaje escolar a la Reserva Nacional de Los Arrayanes, Luciano no dudó en llevar su cámara de juguete, una reliquia de su abuelo, que grababa videos y fotos borrosas pero apasionantes. Camila, por su parte, aseguró su mochila con listas de verificación y un mapa detallado. En aquella excursión, la profesora les pidió a los estudiantes que llevaran un objeto personal para intercambiar con un compañero, creando una caja de recuerdos que guardaría el viaje. Durante un descanso, Luciano descubrió que su cámara había desaparecido. La buscó entre las rocas y los árboles, mientras Camila lo observaba con preocupación. "¿Estás seguro de que no la perdiste en el camino?", preguntó, pero él negó con fuerza. "Alguien la tomó. Sé que fue...", tartamudeó, mirando a Camila. Ella retrocedió, sorprendida. "¡No!", exclamó, pero sus manos temblaban y sus ojos revelaban inquietud. El malentendido se propagó como el viento en las olas. Otros compañeros, entusiasmados por el misterio, comenzaron a especular. Algunos alegaban que Camila había robado la cámara por envidia, otros sugerían que Luciano la había perdido jugando. La Camanchaca, el banco de niebla típico del lugar, los separó físicamente: Luciano se quedó con el grupo, mientras Camila fue a buscar un refugio cercano, convencida de que la niebla le había hecho un favor. En el refugio, Camila encontró la mochila tirada y desordenada de un estudiante de otro curso. Al abrir el bolsillo, su corazón dio un vuelco: allí estaba la cámara de Luciano, junto con un diario y un collar con una estrella de mar. "No fue intencional", murmuró, recordando cómo la había tomado al ver que el diario contenía una nota para uno de sus amigos, pidiendo ayuda para encontrar el collar. Regresó al grupo con la cámara y el diario, pero Luciano se negó a aceptarlas, acusador. "¿Por qué no me dijiste que la tenías?", espetó, sin notar que Camila lloraba en silencio. Fue en ese momento que un profesor notó la estrella de mar en el collar y se acercó: "Este símbolo pertenece a la caja de recuerdos. ¿Alguien lo reconoce?". La revelación detuvo a Luciano. El estudiante dueño del collar, un chico tímido que se había perdido, los buscaba desesperado. Camila, con voz temblorosa, explicó que había ayudado a encontrarlo, pero la confusión sobre el propósito del collar hizo que se guardara la cámara sin entender su importancia. Luciano se sintió ridículo al darse cuenta de que su orgullo lo había cegado. "Debería haber preguntado antes de acusarte", admitió, mientras Camila le tomaba la mano. "Nosotros dos siempre resolvemos los problemas juntos, ¿verdad?". La profesora sonrió y les entregó un nuevo desafío: cuidar juntos la caja de recuerdos. Mientras la niebla se disipaba, revelando el cielo estrellado sobre el bosque, Luciano y Camila comprendieron que la lealtad no era solo defender lo que uno creía, sino escuchar, entender y perdonar. La cámara, al final, no importó tanto como la estrella de mar, ahora compartida en el bolsillo de ambos, un recordatorio de que incluso las mejores amistades necesitan humildad para brillar de nuevo."}

9) ¿Qué objeto personal llevó Luciano al viaje escolar y qué sucedió con él?

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10) ¿Cuál es la enseñanza principal que se puede extraer de la historia de Luciano y Camila?

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