Epopeya
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Epopeya


Leer y comprender fragmentos de epopeya, considerando sus características y el contexto en el que se enmarcan.



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En la región de la Araucanía, donde los Andes custodian secretos ancestrales y el río Cautín serpentea como una serpiente de hielo y fuego, existía un misterio que los mapuches protegían desde la caída del Ñan. El Ñan Lefel, el Guardián del Tiempo, era un relicario de oro y obsidiana tallado con símbolos que, según los cuentos, contenían el aliento de la Madre Tierra y la promesa de un renacimiento si la oscuridad amenazaba el equilibrio de los dos mundos. Pero el equilibrio se había roto. Cuando los vientos de la invasión azotaron las tierras, un grupo de marginados fue forzado a huir tras el ejército que quemaba los recintos sagrados. Entre ellos, Yara, una mujer de ojos que reflejaban el cielo lluvioso y manos ásperas de raíces, que llevaba el peso del Ñan Lefel desde el día en que lo encontró oculto entre las rocas de Lonquimay. "El mundo no se salva con espadas", le había dicho su abuela, la última Ñancú, antes de que la muerte la reclamara. "Se salva con la llama que nunca se apaga". El grupo era una sombra de lo que una vez fue: el Tué, un mendigo ciego que veía con el corazón; el Peuchen, un guerrero herido que había perdido su honor en batallas pasadas; y el Kulle, un ladrón que había robado tanto a los poderosos como a los necesitados. Juntos, emprendieron una marcha a través del Desierto de Azufre, donde el sol abrasaba la piel y los fantasmas de los antepasados susurraban en el viento. Cada paso resonaba con el eco de los conflictos interiores: el Tué recordaba la traición de su hermano al pactar con los invasores, el Peuchen luchaba contra el miedo a ser juzgado por su pasado, y el Kulle, aunque lo negara, soñaba con redimirse. Las montañas les ofrecieron su primer obstáculo. La nieve caía como el manto de un muerto olvidado, y el frío era un enemigo silencioso que robaba el calor de sus almas. "Aquí, los pies traicionan a los corazones", advirtió Yara, mientras una roca se resbalaba de sus manos y rodaba por el abismo. El Peuchen, con su escudo rajado y su espada tullida, lideró la escalada, pero fue el Tué quien, al tocar la niebla, oyó el lamento de la Madre Tierra y guió a los demás hacia una senda oculta tras una cascada de cristal. En el corazón de la Patagonia, el grupo se enfrentó a los Invisibles, criaturas de sombra que habían jurado custodiar el Ñan Lefel. "No podéis llevarlo", susurraron, sus formas desvaneciéndose entre los cardos. "Pertenece al silencio, no a los que lloran". Yara, con voz que retumbó como un trueno primaveral, respondió: "El silencio no salva, la llama salva". El Kulle, con una habilidad robada de las noches de los mercados, lanzó una cuerda de cáñamo empapada en aceite, y fue la llama que el Tué había guardado en su hoguera lo que derrotó a los Invisibles, consumidos por su propia oscuridad. Finalmente, en el Cerro del Sombrero, donde el sol se escondía tras las nubes como un anciano cansado, encontraron al ladrón que guardaba el relicario. Un hombre de rostro quemado, cuyo nombre había sido borrado del mapa, reveló con risa amarga: "No es oro, ni plata, ni poder lo que os invita a luchar. Es la esperanza de quienes ya no esperan". El Peuchen, con una ballesta que no había disparado desde su traición, lo enfrentó. Pero fue Yara quien, con una daga de madera de roble, rompió la cerradura del relicario, y al hacerlo, un canto ancestral llenó el aire, un himno de los que habían sido olvidados. El Guardián del Tiempo no contenía joyas ni secretos de la tierra, sino un pedazo de cuero quemado con las huellas de un Ñancú desaparecido. Con él, el grupo bajó las montañas hacia el amanecer, y aunque la guerra aún rugía en el horizonte, la llama de la Madre Tierra ardió más fuerte, alentando a los que habían sido desesperados a soñar de nuevo. En cada paso, los valores del honor, la libertad y el sacrificio se afirmaban como raíces en el suelo, promesa de una primavera que aún no había llegado, pero que ya se vislumbraba en las estrellas.

1) Según el texto, ¿cuál fue el conflicto o llamado a la aventura que rompió el equilibrio inicial y obligó a Yara y su grupo a huir?

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2) A partir de la historia, ¿qué valor universal consideras que se destaca como esencial para la redención de los personajes? Fundamenta tu respuesta con elementos del relato.

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En la era digital, el acceso a información masiva ha transformado profundamente la forma en que las sociedades construyen conocimiento y toman decisiones. Sin embargo, este avance tecnológico ha traído consigo un desafío trascendental: la proliferación de noticias falsas en redes sociales, fenómeno que pone en riesgo no solo la capacidad colectiva para discernir la verdad, sino también la propia viabilidad de un sistema democrático saludable. Según un informe de la UNESCO publicado en 2022, un 58% de los usuarios en plataformas digitales no aplican estrategias de verificación al consumir contenido informativo, y un 37% reconoce haber compartido información sin corroborar su veracidad. Estas cifras, junto con el crecimiento exponencial del tráfico online durante la pandemia—que registró un aumento del 70% en el volumen de discursos manipuladores, según el Observatorio Global de Desinformación—, evidencian la urgencia de analizar este problema desde perspectivas interdisciplinarias. La viralización de información engañosa, muchas veces motivada por intereses económicos o ideológicos, se nutre de la estructura algorítmica de las redes sociales. Plataformas como Facebook y Twitter priorizan el contenido con mayor interacción, lo que incentiva la difusión de titulares sensacionalistas o mensajes que generan reacciones extremas. En este contexto, el estudio de la Universidad de Stanford revela que las publicaciones con enfoque emocional (miedo, indignación, sorpresa) alcanzan mayores índices de compartición, independientemente de su veracidad. Este mecanismo, aunque diseñado para maximizar el tiempo de permanencia en la aplicación, ha generado un ecosistema donde la precisión informativa compete directamente con la velocidad de reproducción. Desde la perspectiva psicológica, el consumidor de noticias enfrenta una paradoja: mientras mayores son los medios de acceso a información, más difícil resulta diferenciar entre fuentes fidedignas y contenido engañoso. La teoría de la "cognición dual", desarrollada por Daniel Kahneman, ilustra este dilema al distinguir entre dos modos de pensamiento: uno rápido y emocional, y otro lento y reflexivo. Las redes sociales, al diseñarse para captar atención en fracciones de segundo, potencian el primer mecanismo, facilitando la aceptación inmediata de información sin someterla a procesos de análisis crítico. En Chile, un estudio del Centro de Estudios de Opinión (CEOP) indica que un 43% de la población prefiere compartir artículos basados en su aparente credibilidad visual (fotografías, formatos similares a medios tradicionales), sin profundizar en la fuente de origen. El impacto político de este fenómeno se manifiesta de manera particularmente preocupante. Durante las elecciones chilenas de 2021, organismos de control documentaron la circulación de 12.800 mensajes con contenido falso, muchos de ellos relacionados con denuncias de fraude electoral. La Dra. María Fernanda Sepúlveda, investigadora en comunicación política, señala que: "La desinformación no solo distorsiona el debate público, sino que mina la confianza en los mecanismos democráticos, generando un círculo vicioso donde los ciudadanos se vuelven más escepticistas que críticos". Este escepticismo, cuando se convierte en rechazo generalizado a toda información contradictoria, empobrece la capacidad de la sociedad para construir consensos basados en hechos objetivos. A nivel social, las noticias falsas acentúan la polarización y erosionan lazos comunitarios. La Plataforma Nacional de Verificación (PNV) reportó en 2023 un aumento del 62% en denuncias por contenido que fomenta el odio entre grupos políticos o sociales. Este aislamiento informativo, conocido como "burbuja algorítmica", no solo limita el acceso a perspectivas diversas, sino que reafirma creencias existentes, profundizando divisiones. El economista Claudio Segovia, en su análisis para El Mercurio, ha alertado sobre el riesgo de convertir la democracia en una "competencia por la atención", donde los líderes políticos priorizan la viralidad sobre la sustancia. Ciertamente, no podemos ignorar que estas plataformas también han democratizado la producción de conocimiento. Sin embargo, el equilibrio se rompe cuando la falta de regulación permite que información malintencionada adquiera el mismo peso que fuentes académicas. El caso de las vacunas durante la pandemia ilustra este dilema: mientras instituciones nacionales combatían con campañas de desmitificación, un 29% de los chilenos seguía confiando únicamente en grupos de WhatsApp o redes alternativas, según datos del Ministerio de Salud. Esta fragmentación de la verdad colectiva debilita la base del Estado de derecho y el sentido común necesario para una toma de decisiones colectiva informada. Frederick Douglass, abolicionista y escritor, afirmaba que "la verdad en libertad es la mejor defensa contra la propaganda". Esta afirmación, formulada en otro contexto, toma nueva relevancia al considerar que la lucha contra las noticias falsas requiere no solo herramientas tecnológicas, sino también una transformación cultural. La educación en medios y la alfabetización digital, promovidas por instituciones como el Consejo Nacional de Televisión (CNTV), son fundamentales para desarrollar en ciudadanos y ciudadanas capacidades de análisis. Asimismo, es crucial que los proveedores de plataformas asuman responsabilidades éticas, implementando mecanismos transparentes de moderación y priorizando la calidad sobre la cantidad de interacciones. En un futuro inmediato, la viabilidad de la democracia dependerá de cómo manejen esta dualidad: potenciar la libertad de expresión, esencial para su funcionamiento, sin permitir que se convierta en un terreno fértil para la propaganda engañosa. Para ello, será necesario reforzar instituciones independientes de verificación, promover la colaboración entre academia y sector privado, y además, fomentar una cultura ciudadana que entienda la responsabilidad individual en la difusión de información. Solo con este enfoque integral podremos preservar la salud democrática frente a las amenazas que plantea el caos informativo en el ciberespacio.

3) ¿Cuál es el conflicto principal que rompe el equilibrio en la sociedad digital según el texto?

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4) Según el texto, ¿qué valores universales se destacan en la lucha contra la desinformación, similares a los presentes en una epopeya o fantasía?

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ESCENA 1. Un refugio improvisado en el patio de una escuela. Dos sillas de plástico rojas, una mesa de madera y un cartel que dice "BIENVENIDOS A LA SALVACIÓN". DON RAMÓN (vestido con un saco elegante a pesar de la emergencia, rodeado de bolsas de supermercado amontonadas como si fueran cofres del tesoro) está intentando encender una estufa de camping con tres tipos diferentes de pilas. DON IGNACIO (en ropa deportiva, moviéndose con paso ágil, inspecciona un pequeño cargador solar con el que intenta recargar su teléfono) entra con un solo bolso de tela. DON RAMÓN: (molesto) ¡Esto es una locura! ¿Cómo se le ocurre a este país no tener un plan B digno de una persona con sentido común? Además de los sándwiches, ¿qué más se necesita en una emergencia? Un secador de pelo, un humidificador y una caja de zapatos con marquilla. (señala una bolsa) ¡Allí están mis 37 cepillos de dientes de repuesto! DON IGNACIO: (sonriendo suavemente) ¿Y para qué necesita 37 cepillos de dientes, don Ramón? Aquí ni siquiera hay dientes que limpiar. DON RAMÓN: (defensivo) ¡Eso no se dice! Cada cepillo tiene su propósito: para después del desayuno, después del almuerzo, por si hay sobremesa, si cae un rayo... ¿Quién sabe qué traerá el futuro? (señala otra bolsa) Esta contiene 23 paquetes de galletas sin abrir. Sólo 23. Sí, digo, con tantos catástrofes modernas, hay que estar preparado para un apocalipsis por azúcar. DON IGNACIO: (mientras conecta el cargador a su teléfono) Mire, don Ramón, quizás si usara esta batería solar en lugar de... (señala el caos) ...de acumular bolsas como si fueran ascuas ardientes, podría regresar a casa antes de que se termine el invierno. DON RAMÓN: (riendo sarcásticamente) ¡Ah, claro! Usted que vive en una cabaña con una piña como único mueble. ¿Sabe cuánto tiempo dedicó la humanidad para inventar la piña? ¡Nada! ¡Es un fruto natural que no necesita de marca, garantía ni manual de instrucciones! ESCENA 2. Un asistente social entra con una caja de alimentos que se tambalea. El caos de Don Ramón ha bloqueado la mitad del refugio. DON IGNACIO intenta ayudar pero Don Ramón lo detiene con gestos dramáticos. ASISTENTE SOCIAL: (con paciencia profesional) Señores, por favor, hagan espacio. La ayuda llegó... (mira asombrado la montaña de bolsas) ¿Y qué es todo esto? ¿Un almacén de emergencia o un mercado? DON RAMÓN: (orgulloso) ¡Un sistema de supervivencia! Cada objeto tiene su lugar, su código de barras y su historia de consumo. (abre una bolsa gigante) ¡Miren! Tengo 14 tubos de pasta dental para toda la familia... que no es mi familia, claro, es mi... (mira confundido) ¿Y quiénes son estas personas que vienen en tubos? DON IGNACIO: (mirando su bolso) Yo tengo todo en un solo bolso. Un termo, una manta de lana con dos agujeros, y un juguete para los ratos de aburrimiento. (saca un trompo) ¿Sabe, don Ramón? El trompo no necesitaba pilas, ni internet. Sólo necesitaba una mano que lo hiciera girar. DON RAMÓN: (con sarcasmo) ¡Ah, sí! Ideal para cuando se cae el cielo. ¿Y qué pasa cuando el cielo se cae y se lleva la tierra por delante? ¿Usamos trompos como chalecos salvavidas? ESCENA 3. Una tormenta inesperada sacude el refugio. La estufa de Don Ramón explota, saliendo chispas. DON IGNACIO rápidamente apaga el incendio con una manta que no tiene agujeros (era un truco). DON RAMÓN mira horrorizado su colección de cepillos electrónicos derramados. DON RAMÓN: (desesperado) ¡Mis cepillos! ¡Eran nuevos! ¡Con pasteurización y sensor de saliva! ¿Cómo es posible que un desastre natural afecte el sistema de consumo premium? DON IGNACIO: (con ironía) Porque, don Ramón, el sistema no fue hecho para desastres reales, sino para anuncios. (señala un cepillo) ¿Sabe cuánto tiempo durará una sonrisa si la saliva se mezcla con asfalto y plástico? DON RAMÓN: (en silencio, mirando su caos) Quizás... (parece dudar) ...tendré que aceptar que no necesito tantas cosas para sentirme seguro. DON IGNACIO: (con suavidad) Lo seguro no se mide en cuánto consume, sino en cuánto puede vivir con lo esencial. (señala el trompo) Puede que este no tenga garantía, pero sí tiene historia, imaginación y... (lo gira) ...esperanza. ASISTENTE SOCIAL: (mirando el desastre) Señor Ramón... ¿Podría donar estos artículos a los afectados de la comuna vecina? Tenemos una camioneta que podría... DON RAMÓN: (mirando con nostalgia su cepillo roto) ¿Y qué si doy 5 cepillos? ¿Se arreglará mi vida? (pensativo) O quizás... (sonríe débilmente) ...se arregle la vida de alguien más. ESCENA FINAL. Don Ramón y Don Ignacio, con el bolso y la caja de la emergencia, improvisan una solución para la lluvia: usan bolsas de supermercado como paraguas y una estufa improvisada con el cargador solar de Don Ignacio. DON RAMÓN: (riendo) Mire, don Ing... ¡Mis bolsas son perfectas para que el viento las hinche y se conviertan en un paracaídas! DON IGNACIO: (sonriendo) Y mi cargador solar puede encender una luz... si no es de neón. (pausa) Pero no deje de insistir en sus cepillos. Alguien, en alguna parte, debe necesitar 37 motivos para sonreír. DON RAMÓN: (con tono reflexivo) Quizás... no sean los motivos lo que importa, sino saber qué motivo merece la sonrisa. (mira a su alrededor) Al fin y al cabo, ¿para qué sirve una carpa si no hay un cielo bajo el que vivir? (El telón cae revelando una pizarra con garabatos de "Consumo responsable" y "Pensar en comunidad".) MORALEJA: La sociedad de consumo nos enseña a acumular, pero la convivencia nos enseña a compartir. Quizás, en el caos, encontramos que lo esencial no se compra, se comparte, se improvisa y se imagina.

5) ¿Qué acontecimiento externo rompe el equilibrio inicial de los personajes y los lleva a estar en el refugio?

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6) A partir del desenlace, ¿qué valor universal crees que la obra busca destacar y cómo se manifiesta en las acciones de los personajes?

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El tren es un río de metal que arrastra susurros de futuro. Sus vagones, compartimentos de sombras que llevan ruedas que cuentan y no dicen números. Yo estaba allí, aferrado a un asiento de madera, con un cuaderno de sueños entre las piernas, mientras el cronopio conductor no saludaba, solo miraba el horizonte con ojos de espejo. El vagón de atrás guardaba piñatas de arena, juguetes oxidados y canciones cortadas con tijeras. La ventanilla era un ojo que lloraba gotas de lluvia, cristales que se empañaban con los gritos de los años. El silbido solitario del tren era un reloj sin manecillas, marcando horas con el eco de las despedidas. Ahora veo las vías partirse, una línea recta que se dobla como un caleidoscopio. Los pasajeros sombra intercambian sus nombres por estrellas y cuestan el boleto con la piel. El andén de la niñez fue un parque sin rejas, donde el tiempo jugaba a esconderse bajo las sillas. ¿Dónde está el andén secreto del que no regresamos? ¿Cuántos vagones dejan atrás las maletas de juguete y las cartas sin escribir? El tren no pregunta, solo avanza con la elegancia de los aceros viejos. El conductor es un espejo que se rompe en cada curva, dejando mil caras a medio vestir. En la última ventanilla, el niño mira el paisaje de su infancia convertirse en mariposas de papel. Las ruedas cantan una canción de cuna al revés, y el horizonte, ese viejo mentiroso, muestra un nuevo andén con luces tenues y pasos que no reconocemos. El tren no tiene destino, solo un rastro de huellas que el viento despierta cada amanecer. Yo sigo en el asiento, con el cuaderno vacío. El futuro es una vía que se bifurca, y el niño pregunta en voz baja: "¿Se puede bajar aquí sin perder nada?". El tren responde con un suspiro: "Todo aquel que camina, deja en las vías un trozo de su nombre."

7) A partir del texto, ¿qué conflicto o llamado a la aventura rompe el equilibrio inicial del narrador?

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8) Basándote en el texto, ¿qué valor universal sobre la identidad o la memoria se puede interpretar a partir de la imagen de los pasajeros que intercambian sus nombres por estrellas y el conductor que es un espejo roto?

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En el ático del edificio Casona del Sol, donde el polvo danzaba entre los haces de luz solar que filtraban las ventanas empañadas, Tomás abrió el viejo baúl de madera que había pertenecido a su bisabuelo. El joven de quince años, con gafas de pasta y camiseta desteñida, buscaba entre los cajones de madera oscura y el aroma a cuero y moho algo que iluminara su monótono verano en la capital. Sus dedos rozaron el diario encuadernado en cuero marrón, con letras doradas desgastadas que decían 'Antonio Varas' seguido de la fecha 1932. Lo abrió con cuidado y las páginas amarillentas crujieron bajo sus manos, como si el tiempo mismo se quejara de ser perturbado. Las primeras entradas hablaban de cosechas de uvilla en el Valle de Aconcagua, de cómo su bisabuelo cuidaba a los animales y escribía sobre los cambios de color en las hojas de los romeritos. Pero al llegar a marzo de 1949, el tono del diario se transformó. Antonio Varas, el hombre que la familia recordaba como un tacaño pero honorable dueño de una chacra, escribía ahora sobre reuniones secretas en el Cerro San Cristóbal, sobre hojas de propaganda que imprimía en una tipografía clandestina, sobre el miedo de ser descubierto por la policía política. Tomás leyó con manos temblorosas, el corazón acelerándose a medida que las palabras revelaban un pasado oscuro: Antonio había sido un defensor de los derechos de los campesinos, arrestado y torturado por la dictadura, pero había firmado un acuerdo con los militares para salvar a su familia. Había entregado nombres de compañeros. El ambiente en el ático se volvió pesado, como si el aire mismo guardara el secreto de cien años. Tomás recordó las historias que el abuelo contaba sobre el bisabuelo, siempre con respeto, nunca con un ápice de duda. Ahora, las entrañas de la historia desfilaban ante sus ojos con una crudeza que le partía la respiración. En una entrada final, escrita a lápiz y con trazos inseguros, Antonio escribía: 'He perdonado a quienes me traicionaron, pero no puedo perdonarme a mí mismo. Que mis nietos jamás olviden lo que el miedo nos hace hacer, y que aprendan a elegir el perdón sobre la venganza, aunque el corazón se lo niegue'. Los días siguieron pasando, pero ya no eran los mismos para Tomás. Cada noche, tras dejar el diario sobre la mesa de la sala, miraba el retrato del bisabuelo colgado en la pared del comedor. La imagen lo miraba con ojos de acero y bigote bien recortado, tan distante de la vulnerabilidad que las páginas habían desenterrado. ¿Cómo podía reconciliar al hombre que su familia admiraba con el traidor que confesaba sus culpas en el papel? La respuesta llegó en forma de una flor que, por casualidad, vio florecer en el jardín del edificio: un guillotinillo, que según le contó el jardinero, solo aparecía cuando el suelo era fértil y el agua precisaba ser derramada con paciencia. Era un símbolo, pensó Tomás, de cómo el perdón brotaba en la memoria de los errores, no en su ausencia. El clímax llegó en una noche de lluvia torrencial. Tomás llamó a la puerta del abuelo, que dormía su etapa final en una cama tapada por sábanas grises. El anciano lo recibió con una sonrisa débil, y Tomás le leyó en voz alta el fragmento del diario. El abuelo escuchó en silencio, con la mirada fija en el techo como si allí estuvieran grabadas las grietas de su propia conciencia. Luego, con una mano temblorosa, señaló la estantería de madera que dominaba el rincón: allí, en el fondo, había una carpeta de papel encerado con hojas amarillentas de más de setenta años, donde se guardaban las cartas de despedida de los hermanos de Tomás que no habían regresado de las prisiones políticas. 'No te perdonaron', murmuró el abuelo, 'pero te perdoné yo'. La resolución no vino con palabras, sino con un gesto. Al día siguiente, Tomás plantó un guillotinillo en el jardín, al lado de las vides heredadas de su bisabuelo. Mientras el agua mojaba sus manos, comprendió que la identidad no era una caja de madera que se abría con una clave, sino una tierra que se abonaba con los errores del pasado y la decisión de seguir sembrando. El abuelo falleció tres días después, con los ojos cerrados y una sonrisa que parecía prometer que el perdón, al final, siempre florece. En la sepultura, Tomás dejó una flor de guillotinillo, y un diario abierto al fragmento donde el bisabuelo escribía que el verdadero perdón no exige olvido, sino luz suficiente para que el miedo no vuelva a arrebatar el alma.

9) ¿Qué evento marca el inicio del conflicto que rompe el equilibrio en la vida de Tomás?

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10) Según la historia, ¿qué valor universal se destaca como esencial para superar las heridas del pasado?

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