Tragedias
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Tragedias


Comprender la visión de mundo que se expresa a través de las tragedias leídas, considerando sus características y el contexto en el que se enmarcan.



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En la boca del abismo, azul que se traga el sol, la arena crujía bajo un lenguaje de olas, mientras el faro, con su luz ignorante, dibujaba círculos en la piel de la noche. Era un faro desgastado, de acero y miedo, quemando su aliento en busca de la orilla que no existe, donde todo sentido se ahoga en la sal de lo que no se puede nombrar. Yo, diminuto grano en la infinitud de espuma, contemplaba cómo el mundo se deshacía en fracciones de tiempo, en suspiros que la niebla atrapaba como sonrisas falsas. El viento tejía palabras en el mar: nunca fueron versos, pero sí preguntas clavadas en el alma, preguntas sin horizonte, sin eco, sin la capacidad de ser respondidas. La niebla, ese manto que todo lo cubre, escondía la verdad tras una danza de sombras, y el faro, en su desesperado galope, luchaba contra un enemigo invisible: la propia luz. ¿Acaso no es la verdad también una niebla, cuando la miramos con los ojos de la duda? La vida, tan frágil como el cristal de un faro, se rompe al tocarla, y aún así, sigue brillando. En la orilla de lo efímero, el mar murmuraba historias de desastres y eternidades, mientras yo, con mi corazón de tinta y témpano, buscaba en las profundidades una respuesta que ni las olas ni la niebla me darían. Porque el faro no ilumina, solo dibuja el vacío con sus brazos y la niebla, siempre la niebla, es la única que conoce el nombre de la verdad, pero no habla, se limita a envolver, como si el silencio fuera el lenguaje más puro. Y allí, entre la luz que no guía y la niebla que no miente, yo fui y no fui, un eco suspendido entre la angustia y el infinito.

1) A partir del poema, ¿cómo se puede inferir una visión de mundo pesimista o determinista en la tragedia humana representada por el faro, la niebla y la búsqueda de sentido?

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2) Compara la visión de mundo trágica expresada en el poema (donde la verdad es niebla, el faro no guía y la vida se rompe al tocarla) con una perspectiva contemporánea que afirme la posibilidad de construir significado en medio de la incertidumbre. ¿Qué diferencias fundamentales encuentras en la forma de enfrentar la duda y la fragilidad de la existencia?

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SCENA PRIMERA: Una sala de juntas fría y austera, con ventanas que miran a una ciudad que nunca duerme. Las luces parpadean como consciencias fatigadas. ENTRADAS Felipe, de veinte y tantos años, con un traje que le sienta como un ataúd; sus manos tiemblan, y en el bolsillo interior lleva un cuaderno sucio de pintura. Le sigue su padre, Don Raúl, un hombre de mirada impenetrable y voz que recuerda el choque de aceros. DON RAÚL (señalando el cuaderno con desdén): ¿Y ahora, Felipe? ¿Cuántas noches has malgastado en esas... tonterías? ¿Cuántos cuadros inútiles has quemado en el incinerador del sótano? La empresa no es un lienzo para tus caprichos. FELIPE (retorciéndose las manos): No son caprichos, papá. Es... es la única forma en que puedo respirar. La pintura no es un lujo, es mi voz. DON RAÚL (con acento cavernoso): Tu voz no importa. Tú eres el sucesor. La corporación es tu reino, y los números son tus súbditos. O la luces, o la dejas morir. SCENA SECUNDA: Felipe se sienta frente a una ventana, monólogo que es más un grito hacia el vacío. La ciudad se extiende como una gigantesca tela de araña, y sus dedos dibujan en el aire formas que nunca verán la luz del día. FELIPE (mirando la ciudad): ¿Cómo puede un hombre ser dos cosas a la vez? ¿Cómo puede un príncipe ser también un pintor, si el trono requiere la muerte de su alma? Las paredes de este edificio gritan con la voz de tus acuerdos, papá. ¿Y mis colores? ¿Mis sueños? DON RAÚL (entrando, con paso firme): No me des lecciones de vida. Tú no entiendes la magnitud de lo que heredas. Esta empresa no es mía; es tuya. Y si no la sostienes, se desplomará. FELIPE (estallando, con ojos vidriosos): ¿Y si yo también me desplomo? ¿Qué pasa si el imperio es una carga que no puedo soportar? SCENA TERCERA: Un momento de tensión. Felipe extiende una mano hacia su padre, quien retrocede como si hubiera visto la muerte. El cuaderno cae al suelo. DON RAÚL (mirando el cuaderno con un escalofrío): Esas pinturas... son horribles. FELIPE (riendo con amargura): ¿Horribles? No. Son *verdaderas*. Muestran a un hombre que muere en vida cada mañana. DON RAÚL (en voz baja): Entonces, elijo tu muerte. FELIPE (con una sonrisa desolada): Ya está decidido. No puedo ser el hijo que quieres, ni el artista que amo. Solo un espejo roto que refleja ambas cosas. SCENA CUARTA: Al amanecer, Felipe se sienta en su estudio privado, con cuadros a medio terminar y un frasco de pastillas. En la pantalla de su computador, una noticia: *«Raúl Valdés, magnate de la moda chilena, anuncia la nueva temporada sin su hijo».» FELIPE (dirigiéndose a sí mismo): Aquí está, el *quid pro quo*. O me convierto en su sombra, o dejo que el mundo vea mi luz. Pero si muero, al menos seré libre... y tal vez, alguien comprenderá mi arte. Luego de un instante, ingiere las pastillas. En la pantalla, el rostro de su padre aparece en la noticia, indiferente. SCENA QUARTA: Final. La sala de juntas, ahora vacía. Don Raúl se sienta solo. En la pared, se proyecta una imagen del cuaderno de Felipe, con un título: *«El Príncipe y la Sombra».» DON RAÚL (en voz alta, como si hablara al vacío): ¿Qué has logrado, muchacho? ¿Un lienzo más? En ese momento, una puerta se abre. Un joven reportero entra, sosteniendo un cuadro de Felipe. REPORTERO: Señor Valdés. ¿Sabe que su hijo era un artista? DON RAÚL (con voz quebrada): ¡Basta! El reportero muestra el cuadro: una explosión de colores que simboliza la muerte del príncipe. Don Raúl se queda inmóvil, como si hubiera perdido algo irreemplazable. [El telón cae en silencio.]

3) ¿Qué visión de mundo pesimista o determinista se infiere de la obra?

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4) Compara la visión de mundo trágica de la obra con perspectivas contemporáneas sobre la realización personal y las expectativas familiares.

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En la penumbra de una habitación que no era la suya, Clara sostenía entre sus dedos una hoja de papel amarillenta. La luz del amanecer filtrándose por las persianas desprendidas dibujaba sombras que bailaban sobre los muros recién reconstruidos. La ciudad aún murmuraba, como si el eco de un susurro antiguo no hubiera terminado. La tierra había cambiado de piel, y ella, de huesos. Desde el desastre, Clara vivía en un limbo de recuerdos desgarrados. Su casa, una caja de madera tallada que guardaba los secretos de su infancia, había sido reducida a escombros. Aún podía escuchar el estallido de los vidrios, el vacío que se abrió bajo sus pies, el grito de su madre que se perdió entre las grietas del suelo. Pero lo que más la atormentaba era la silenciosa pregunta: ¿quién era ahora que todo lo que la definía había sido barrido? Las cartas comenzaron como una obsesión nocturna. En el frío de la madrugada, Clara se sentaba en un rincón de la improvisada cabaña que le habían asignado, con una taza de té frío y una pluma oxidada. Escribe, se repetía, como si el acto de inscribir sus pensamientos en papel pudiera sellar las heridas. Y escribía. Pero no para sí misma. Sus palabras fluían como ríos subterráneos hacia un destinatario inexistente: Mary Shelley. 'Querida Mary', decía, 'mientras escribo, pienso en tu Frankenstein. ¿Acaso no es nuestro yo, como aquella criatura, un montaje de recuerdos y miedos? Tú lo describiste como "una sombra que se alimenta de la luz", y yo me pregunto si no soy ahora un reflejo que busca iluminar un mundo que me trajo a la oscuridad.' Los días transcurrían entre el silencio y el viento, que traía fragmentos de voces perdidas. Clara soñaba con la casa que ya no existía. En esas visiones, las paredes se alzaban de nuevo, pero vacías. Sus padres, sus amigos, las fotos enmarcadas: todo había desaparecido, como si la vida hubiera sido borrada por la violencia de la naturaleza. En despertar, la realidad no ofrecía consuelo. Solo el crujido de los tablones rotos y el sabor amargo de la incertidumbre. Una tarde, al caminar por los escombros de su vecindario, encontró un diario. Su nombre aparecía en la portada, pero las páginas estaban llenas de anotaciones extrañas. 'He escrito esto en un momento en que el mundo se derrumbaba', decía, 'como si las palabras pudieran sostener lo que los cimientos no lograron.' Clara lo hojeó con manos temblorosas, y en cada línea descubrió un eco de su propio dilema: cómo reconstruir la identidad cuando los cimientos del pasado han sido arrasados. Aquel diario pertenecía a una escritora de principios del siglo XX, una admiradora de los poetas románticos. En sus páginas, Clara halló citas de Novalis, de Leopardi, de ese Goethe que escribió sobre el lamento de la humanidad frente a lo infinito. 'La pérdida', leía, 'es solo un espejo que nos devuelve a nosotros mismos, pero a veces no reconocemos nuestra imagen.' En sus cartas, Clara se permitió desgarrar la fachada de la fortaleza. 'Lord Byron me escribió una vez sobre la soledad del viajero que busca un lugar donde la naturaleza no sea un enemigo, sino un espejo. Pero ¿cómo entender la naturaleza cuando la tierra misma se convierte en un antagonista?' La noticia de que la cabaña donde escribía sería demolida llegó como un mazazo. Clara sintió que su única forma de existencia, su voz en la soledad, se extinguiría junto con aquel espacio. 'Tal vez', escribió en una de sus últimas cartas, 'la identidad no reside en los lugares, sino en el acto de recordar. Tú, Mary, lo entendiste cuando escribiste sobre un creador que no aceptó a su obra. Pero yo no soy una criatura abandonada por su creador... soy un pedazo de historia que busca su autor.' Esa noche, el viento sopló con fuerza. Clara abrió una ventana y dejó que las cartas se elevaran como aves desgarradas. Veinte años de sus pensamientos, de sus miedos y esperanzas, se esparcieron sobre el cielo. Algunas se perdieron entre las nubes, otras se posaron sobre los escombros, como si quisieran decirle a alguien: 'aquí fue donde vivíamos'. Al amanecer, Clara caminó hacia el río, donde el agua murmuraba historias que nadie escuchaba. Allí, en el umbral entre lo perdido y lo posible, escribió su última carta. 'No es necesario que me respondas, Mary. Ya he escrito suficiente como para entender que el héroe no es quien regresa triunfante, sino quien se atreve a sostener la luz del recuerdo en medio de las tinieblas. Tal vez el trauma no sea una carga, sino la evidencia de que aún sigo siendo yo.' La carta se quedó en su escritorio, y Clara salió a la calle. La ciudad no era lo que era antes, pero las voces de los vivos habían comenzado a superar las de los muertos. Y en cada esquina, recordaba: la identidad no se construye con ladrillos, sino con la valentía de reescribir nuestra historia cada día. Incluso cuando la pluma tiembla y el papel es solo una sombra de lo que fue.

5) Según el texto, ¿qué visión de mundo se infiere a partir de la experiencia de Clara con el desastre y su proceso de escritura?

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6) Compara la visión de mundo trágica que se desprende del texto con perspectivas contemporáneas sobre la resiliencia y la reconstrucción de la identidad tras una catástrofe.

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ESCENA I [Una sala de laboratorio desolada. La luz blanca del techo cruza como cuchillas sobre la mesa de acero. Dra. Elodia Miranda, de mediana edad, con su bata rasgada y ojos avivados por la fiebre, observa bajo el microscopio un cultivo de células humanas. En la pared, un reloj digital parpadea el tiempo restante: 12:47:23] ELODIA (a solas, con voz tensa): ¿Cómo pude ser tan ciega? Diez años de mi vida invertidos en esta fórmula, y todo se redujo a un cálculo fallido... La mutación no se detiene, doctora, no se detiene. (Golpea el pupitre con el puño) ¡Maldita sea, mira cómo se arrastra la sombra que creaste! [Entra JUAN, su ayudante, llevando una carpeta de análisis. La mira con preocupación mientras se acerca al microscopio] JUAN: Doctora, los resultados de la fase experimental... Han detectado una variante nueva en el virus. Su tasa de replicación es 300% mayor a la del modelo original. ELODIA (con frialdad sobrenatural): Lo sabía. (Se sienta pesadamente en una silla de laboratorio) El ADN no perdona las prisas. Yo lo aceleré para salvar vidas, pero lo hice también para demostrar que los dioses no se atreven a juzgar mis méritos. JUAN (inquieto): Podríamos suspender los ensayos. El Comité de Ética aún... ELODIA (monólogando): ¿Ética? (Ríe amargamente) La ética murió cuando mi hermano cerró los ojos por tercera vez. Ese hombre, el Poderoso, el Indomable, el que llenaba salas con su presencia... (Se tapa el rostro con las manos) ¿Recuerdas cómo me juré que su suerte no se repetiría más de una vez? ¿Cómo creí que podría vencer al designio con números y试管? (Se pone de pie bruscamente) ¡Fui una necia! [Juan coloca la carpeta sobre la mesa. Elodia la abre y su mirada se nubla. Un frasco con el virus mutante titila bajo la luz] ELODIA: (leyendo) Variante XM-9... Potencia 3,4 veces mayor... Vía de transmisión... JUAN: Doctora, esto no es posible. El virus no debería haber... (Se interrumpe al ver su rostro) ELODIA (con voz quebrada): No, Juan. Es posible. Y es real. (Se acerca al frasco) ¿Ves esto? Toda mi vida traté de ser una divinidad de la genética, de enrollar los hilos del destino entre mis dedos... Pero el ADN no es un hilo, es un río. Y yo arrojé piedras al lecho de sus aguas. [El sonido de la alarma roja comienza a sonar. Elodia se tambalea. Juan la sujeta] JUAN: ¡El sistema de contención está fallando! Debe salir ahora, ¡el protocolo lo exige! ELODIA (liberándose con violencia): ¡Nunca fui más que una marioneta del destino! (Su mirada se clava en el reloj) Quedan 12 horas y 43 minutos. Justo el tiempo que mi hermano estuvo en coma antes de morir... ¡Tres veces más de lo que soportará mi cuerpo! ESCENA II [La luz se atenúa. Elodia se sienta frente al computador. Su rostro está irreconocible, marcado por la desesperación] ELODIA (monólogo): Esto es una anagnórisis macabra... Reconozco ahora: el virus no era una amenaza externa. Era un espejo. Mis ambiciones se multiplicaron como una secuencia perniciosa. (Desliza los dedos sobre el teclado) Esta fórmula, que escribí con manos temblorosas la noche del 17 de abril, no cura. Deforma. (...) [Proyección en la pared del laboratorio: Ecuación XM-9, con símbolos en rojo] ELODIA (leyendo en voz alta): ... y al final, vencida por el mismo poder que intentó domesticar, la científica se convierte en reliquia de su propia locura. (Se detiene, la pantalla emite un chasquido eléctrico) ¿Ves? El río me arrastra. Y esta vez, no hay tercera oportunidad. [Juan entra corriendo con una jeringa] JUAN: El Comité aprobó un antídoto de emergencia. Podría ganarle tiempo... ELODIA (con voz más suave): No hay tiempo. Mi hermano se fue en 17 horas. Esta mutación replicará mi ADN en 13. (Se levanta con dificultad) Llama a la familia. Diles que... que la ciencia no es inmortal. La ciencia muere en la desesperación de quienes la practican. [El sonido de la alarma se intensifica. El reloj marca 03:11:09. Elodia camina hacia el frasco, lo levanta con solemnidad y se lo lleva a la boca. Juan trata de detenerla, pero es demasiado tarde] JUAN (gritando): ¡No, doctora! [Elodia traga el virus mutante. Una lumière azulada la atraviesa. Se derrumba. La luz se apaga. En la oscuridad, su voz permanece] ELODIA (en off, como preludio a la caída): El destino no perdona a los dioses que se atreven a ser humanos. Y menos a los humanos que intentan ser dioses... [La luz se recupera. La pantalla muestra una secuencia genética acelerada. Una sola palabra resplandece: "Contaminación". El reloj se detiene en 00:00:00. Silencio.] [Termina]

7) A partir del texto, ¿qué visión de mundo se puede inferir sobre el destino humano?

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8) Compara la visión de mundo trágica presentada en el texto con una perspectiva contemporánea que confía en el progreso científico. ¿Cuál de las siguientes afirmaciones refleja mejor esta comparación?

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El umbral de los recuerdos Clara caminaba por el jardín de su casa sin realmente ver las flores. A sus sesenta y dos años, cada pétalo parecía un espejo que reflejaba fragmentos de lo que una vez fue... y no volvió. La madrugada anterior había encontrado una vieja caja de madera bajo la cama de su habitación, la misma donde Franco y ella pasaron sus últimas mañanas compartiendo tazas de infusiones tibias y silencios que pesaban como los años. Dentro, junto a fotos amarillentas y cartas que nunca terminaron de escribirse, descubrió una revista con una reseña sobre "Cartas a un joven poeta", de Rilke. La frase final le灼了: "Quizás no debes buscar respuestas, sino aprender a vivir en la pregunta." Esa mañana, mientras limpiaba el comedor, un vaso se le resbaló de las manos y estalló en mil pedazos. Se quedó paralizada, observando cómo la luz del sol incidía en cada fragmento, recordando que aquel mismo tipo de caos se había desatado en su vida hace cuarenta años. Entonces tenía treinta y dos y el mundo entero esperaba que ella eligiera entre una carrera como escritora o casarse con Nicolás, el profesor que le había enseñado a leer la poesía rusa. En lugar de elegir, se casó con Franco, un hombre que no entendía el arte, pero que siempre la escuchaba. Hoy, Franco ya no escucha ni respira. Y Nicolás, con su barba blanca y sus versos sin resolver, vive en una casa de retiro en Valparaíso. La soledad del anciano no es la ausencia de compañía, sino la presencia constante de lo no dicho, de las decisiones que cobijaron en el rincón oscuro de su alma. A veces, al atardecer, Clara siente que dos versiones de sí misma se enfrentan en el espejo: la mujer que creó un hogar con Franco, y la otra, la que dejó morir de hambre su vocación artística. En la biblioteca, el retrato de Franco enmarcado en plata parece susurrar. Ella se sienta frente a sus papeles, intentando escribir una crónica sobre la soledad. Las palabras se niegan a ordenarse. El lápiz raya en vano sobre la hoja, dibujando trazos que evocan la línea de las costas chilenas, con sus recodos y ausencias. De pronto, el teléfono suena. Es su hija, que vive en Concepción con su familia. Clara nota el silencio incómodo al otro lado de la línea, los segundos que duran una eternidad. "¿Recuerdas que hoy es el cumpleaños de papá?", pregunta la voz juvenil. Clara se atraganta con la propia saliva. Franco falleció hace tres años, pero en la mente de su hija, quizás, aún vive en la forma de recuerdos no actualizados. La noche anterior, al revisar la caja, había encontrado un sobre sin abrir. Era de Nicolás, escrito en 1989. Con manos temblorosas, lo abre. El papel es delgado, pero la caligrafía, vigorosa: "Nunca he olvidado el día que elegiste el fuego de la vida rutinaria sobre el incendio apasionado del arte. Quizás fue mejor así. Pablo y yo leemos juntos en la biblioteca de Valparaíso, y él pregunta por ti." Clara siente que el aire le falta. Pablo, el hijo que nunca tuvo con Nicolás. Un hijo que imagina, que plasma en su memoria como un niño de papeles. En ese momento, el jardín parece paralizar su respiración. Las flores, que ella misma sembró tras la muerte de Franco, se inclinan como si escucharan un secreto que no pertenece a este mundo. Al día siguiente, Clara viaja a Valparaíso. En el tren, recuerda la última conversación con Franco sobre el amor. Él le había dicho: "El amor no es un monumento, Clara. Es un río que nos lleva y a veces nos ahoga, pero también nos enseña a navegar." No entendió entonces que cada río tiene su desembocadura, y que lo que no fluye se convierte en estancamiento. En la casa de Nicolás, el tiempo se ha detenido. Los libros están apilados en montañas, y el perfume de su tinta aún impregna el aire. Él le sonríe con tristeza, como si hubiese estado esperándola. "¿Has venido a pedirme perdón por no haber escrito el poema que podrías haber escrito juntos?", le pregunta. Clara no responde. En lugar de eso, abre el cuaderno que lleva siempre consigo y escribe: "Franco me enseñó a vivir. Nicolás, a soñar. Pero ambos me enseñaron a perder." Regresa a su casa con la certeza de que la soledad no es un enemigo, sino un compañero que la obliga a mirarse sin filtros. Guarda el sobre de Nicolás en el estante más alto, junto a los libros de Borges y Neruda. Antes de dormir, deposita dos flores frescas sobre la lápida de Franco y una tercera sobre un espacio vacío del jardín, como si estuviera sembrando un nuevo río que atraviese su memoria. Al amanecer, Clara escribe una carta a su hijo Pablo imaginario, no para entregarla, sino para liberarla. En la última línea, dibuja un círculo incompleto, y en su interior escribe: "A veces, la aceptación es el amor que no termina."

9) Según el texto, ¿qué visión de mundo se infiere de la tragedia de Clara?

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10) Compara la visión trágica de la vida expresada en el texto con las perspectivas contemporáneas sobre el sentido de las decisiones personales. ¿Qué elementos diferenciadores puedes señalar?

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