Romanticismo
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Romanticismo


Comprender la relevancia de las obras del Romanticismo, considerando sus características y el contexto en el que se enmarcan.



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En una cueva de acero y cristal, bajo el peso de las estrellas que miraban desde los telescopios del laboratorio, la Doctora Elena Rojas mezclaba el último reactivo con manos temblorosas. Su laboratorio en Santiago, Chile, era un santuario para la ciencia, con paredes grabadas por años de obsesión: curar el síndrome de los Andes, una enfermedad genética que acechaba a sus pacientes como un lobo hambriento. "Doctora, debe detenerse. Los resultados son contradictorios", le advirtió Dr. Martínez, su asistente y amigo, con la voz ronca por la fatiga. "Silencio, Luciano. Este es el único camino", respondió Elena, ajustándose los lentes con dedos helados. Su mirada no reflejaba duda, sino un fuego que consumía su alma. "No permitiré que más niños mueran en las montañas. Esta fórmula nos salvará a todos". El silencio del laboratorio era un cómplice. Elena revisaba las secuencias de ADN bajo el haz blanco de la luz esterilizante. Su mente, una maravilla de lógica y rigor, ahora se enfrentaba a patrones que no lograba entender. Las moléculas bailaban, se entrelazaban como víboras, y en su coreografía había una señal: mutación. Un monólogo brotó de sus labios, rotos por el dolor. "¿Por qué no funciona? ¿Qué he hecho mal?". Sus palabras colgaban en el aire, más frías que la nieve de los volcanes que había estudiado en sus viajes. Algo en su interior se revolvía, un eco del miedo que había enterrado bajo el orgullo. La revelación llegó como un terremoto. El virus, en lugar de ser contenido, se había multiplicado al manipular su estructura. Elena observó los gráficos con los ojos ardiendo, comprendiendo con una claridad desgarradora: cada experimento había sido una ofrenda a su propio destino. "Este no es un error", susurró. "Es una condena". El eco de su voz se perdió en el sonido de los monitores. La noticia se esparció como una avalancha. El gobierno exigía respuestas, pero Elena ya no era más que un fantasma de sí misma. En la noche anterior a la evacuación, visitó la sala de observación donde su hija, Nahuel, dormía con un respirador. "Perdóname", le dijo en un susurro que no despertó al niño. El día del colapso, Elena se quedó en el laboratorio. No como prisionera, sino como arquitecta de su propio fin. "Si no soy capaz de contener esto, no debo salir", escribió en el diario de investigación con letra temblorosa. "Mi caída será la última prueba de que el hombre no puede doblegar a la muerte". Cuando los soldados llegaron, el aire olía a ozono y desesperación. Elena, envuelta en su bata blanca, murmuraba ecuaciones que ya no tenían sentido. La explosión no fue audible, sino visible: una sombra que se extendía por los ventanales, el virus corriendo hacia el mundo exterior como una estrella fugaz invertida. La tragedia se consumó al amanecer. Elena, con la mirada fija en un vial que contenía su vida y el veneno de la humanidad, se convirtió en una leyenda. No por el descubrimiento, sino por la verdadera lección: que en la lucha contra el destino, incluso los dioses pueden caer. Las montañas de los Andes, testigos mudos, siguieron su curso. El cielo, siempre vigilante, no respondió.

1) Según el texto, ¿qué características del Romanticismo se pueden identificar en la actitud y entorno de la Doctora Elena Rojas? Menciona al menos tres.

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2) Considerando el texto como una obra con elementos románticos, ¿cuál es su relevancia histórica y literaria?

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En el umbral de los cincuenta años, Pablo se encontraba sentado en el banco de madera de su jardín, aquel lugar donde el tiempo se había convertido en un débil murmullo entre las hojas. La tarde caía sobre la ciudad como una venda suave, y el viento, que parecía llevar consigo los susurros de la juventud, mecía las flores que cultivaba con esmero. Cada petalo era un eco de decisiones tomadas, cada rama una bifurcación en el camino donde, en otro tiempo, hubo que elegir. Pablo no recordaba exactamente cuándo comenzó a sentir que la soledad era una sombra inseparable, pero sabía que su origen se entrelazaba con las grietas de un cuaderno amarillento que descansaba en su mesita de noche, junto al reloj que marcaba el silencio de los minutos. Esa tarde, mientras arreglaba una cama de geranios, la memoria le jugó una de sus travesuras. En la pantalla translúcida de su mente, apareció la imagen de una joven con ojos de cielo tormentoso y una risa que resonaba como campanas de iglesia. Clara. La había conocido en una biblioteca polvorienta de Valparaíso, donde los volúmenes encuadernados en cuero parecían contener los secretos de otras vidas. Ella sostenía un ejemplar de Neruda, y el poema "La Canción de amor" flotaba entre ellos como una promesa que no sabían cómo cumplir. Pablo, entonces un estudiante de filosofía con ideas ruidosas y una mochila llena de utopías, le había dicho que el amor no era un río, sino un huracán que derriba muros. Clara, con su mirada aguda y su voz suave, le respondió que los huracanes también dejan huella en los corazones. Las decisiones no siempre son racionales. Pablo lo sabía ahora. Había elegido una vida de intelecto, de viajes y escritos que jamás llegaron a las librerías. Se había instalado en un apartamento con vistas al océano, donde la soledad era una compañera silenciosa que observaba desde las sombras. Clara, en cambio, se había aferrado a la tierra, a un jardín de flores y al cálido abrigo de una familia que no fue suya. Pablo recordaba con amargura la última noche que la vio, cuando ella le entregó un ramo de lavandas y le susurró que la vida no se vive con mitos, sino con raíces. Él, albergando la arrogancia de la juventud, asintió con una sonrisa forzada y guardó las flores en un jarrón que nunca llegó a usar. Años más tarde, en una carta que jamás envió, Pablo había escrito: "Perdiste a una persona, ganaste a un mito". En ese momento, ignoraba que la pérdida no siempre tiene una fecha de vencimiento ni una forma concreta. La soledad, ahora, no era un estado, sino una construcción de recuerdos que se desgastaban con la brisa marina. A veces, en las mañanas de primavera, creía escuchar la voz de Clara en el canto de las olas, susurrando versos que no comprendió en su tiempo. El jardín se había convertido en un diario de sílabas. Pablo lo cultivaba con una devoción que rivalizaba con la de un poeta que busca rimas perdidas. Las caléndulas recordaban la pasión de aquella etapa en que creyó que todo era posible. Las margaritas, con sus pétalos blancos y amarillos, representaban la duda que le carcomía por dentro. De vez en cuando, encontraba una hoja marchita y se preguntaba si eso era el equivalente a un arrepentimiento. ¿Había sido suficiente su lucha por la verdad para pagar el precio de una ausencia? La intertextualidad, como un hilo invisible, conectaba su presente con el pasado. RECORDANDO UNA NOCHE EN QUE EL VIENTO ERA TAN FUERTE QUE ARRASÓ CON TODO, Pablo sintió un escalofrío. En el baúl de la memoria, había un poema de Gabriela Mistral, el cual leía: "No hay amor más grande que el amor de madre". La ironía era cruel: Pablo había renunciado a ser padre, llevado por el miedo a limitar su libertad, y en su mente, Clara se había convertido en la madre de un hijo que no nació. La duda, entonces, no era solo sobre la pérdida, sino sobre la vida que podría haber sido. Un día, mientras una tormenta amaraba el horizonte, Pablo decidió que no podría más con la carga de los recuerdos. Cogió el cuaderno amarillento, lo abrió y vio que las páginas estaban en blanco. Un vacío que le trajo un escalofrío. ¿Había vivido realmente, o solo había escrito un guion que ahora se le escapaba de las manos? En el borde de una página, había una frase borrosa: "El amor verdadero no es un río, sino un huracán y su silencio posterior". Entonces entendió: su soledad no era el resultado de un fracaso, sino de una elección consciente de vivir con los ojos abiertos, enfrentando las complejidades del ser humano. Al clímax de la tormenta, Pablo cerró el cuaderno. El viento aullaba, como si la naturaleza estuviera compartiendo su dolor. En ese instante, supo que Clara no era solo un recuerdo, sino una parte de sí mismo que había resistido al tiempo. Su corazón, aunque roto, no era un desierto. Tenía un jardín, sí, pero también un río que fluía bajo la superficie, cargando con él las imágenes de las decisiones que moldearon su vida. Había coexistido con la dualidad de la pérdida y el amor: una herida que había permitido que el sol llegara a sus profundidades. El desenlace no fue un cierre, sino un suspiro largo y contenido. Pablo se quedó observando las estrellas, preguntándose si en algún lugar del universo, Clara también las contemplaba. La aceptación no vino como una revelación, sino como la paz de saber que la memoria y la soledad no son enemigos, sino alianzas cómplices en la búsqueda de la verdad. Pablo se levantó y, con un gesto lento, plantó una nueva semilla en el jardín. La tierra, húmeda por la lluvia reciente, le devolvió un eco de esperanza. El viento, ahora más calmado, sopló como un abrazo invisible. Quizás, en el fondo, el amor y la pérdida no eran dos caras de una moneda, sino dos ríos que, en algún momento, se juntaban para formar un mar que le pertenecía por completo.

3) ¿Qué característica del Romanticismo se manifiesta en la siguiente cita del texto: 'Pablo no recordaba exactamente cuándo comenzó a sentir que la soledad era una sombra inseparable, pero sabía que su origen se entrelazaba con las grietas de un cuaderno amarillento'?

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4) Considerando el texto como una obra literaria contemporánea que retoma motivos románticos, ¿cuál de las siguientes afirmaciones evalúa mejor su relevancia histórica y literaria?

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Valentina caminaba por las calles de la nueva ciudad, donde las casas se alzaban como gigantescas rocas erosionadas por el tiempo. El suelo aún temblaba bajo sus pies, no por el terremoto que había destruido su hogar, sino por la incertidumbre de quién era ahora. Con quince años, la niña que solía dibujar en la arena de la bahía de Valparaíso se había convertido en una sombra que sostenía un cuaderno de cuero oxidado, el único objeto que logró rescatar del subsuelo. Cada página guardaba secretos escritos con una caligrafía temblorosa; cartas dirigidas a autores románticos que ella había encontrado en las estanterías de la biblioteca provisional, junto a su madre, que murmuraba frases de Schiller mientras ordenaba libros con manos trémulas. La primera carta, escrita en la madrugada con una lámpara de sal de grano, iba dirigida a Goethe. '¿Cómo lograste ver la belleza en el dolor?', escribió Valentina, retratando la fractura de su ciudad en versos que imitaban el estilo de "Fausto". La pregunta no era casual: en las imágenes del diario, las ruinas recordaban fragmentos de versos alemanes sobre caos y redención. Cuando terminó, el cuaderno se le cayó de las manos, y el papel, húmedo de la niebla que entraba por la ventana, se pegó a su mejilla. Su padre, desde el otro extremo de la sala, leía la crónica de un naufragio en un periódico, y el rumor de su voz parecía una oración a la esperanza. Unas semanas después, escribió a Mary Shelley. 'El mar es mi Frankenstein', confesó. Las olas, que antes eran melodías que acariciaban sus dibujos, ahora rugían como un monstruo que no podía ser domesticado. En la carta, repasó el abrazo que nunca tuvo con su hermano menor, sepultado bajo los escombros del colegio. La noche que la escribió, soñó con la mansión de Inglaterra, con el destino que nunca viviría y con el eco de sus propias palabras, que se perdían en el viento como hojas secas. Al despertar, el cuaderno estaba abierto, y un párrafo de "Frankenstein" brillaba con lápiz de grafito: "La naturaleza es sublime, pero su belleza no puede borrar las cicatrices del alma". Meses más tarde, en una mañana donde la niebla se disipaba como el recuerdo, Valentina escribió a Victor Hugo. 'El mundo se ha roto, y ahora debo reconstruirlo con los pedazos que me quedan', escribió, citando un verso de "Los Miserables" que no recordaba exactamente. En la carta, describió cómo las grietas en las paredes de su nueva casa le hablaban de la fragilidad de lo humano. Cuando terminó, el cuaderno se le hundió en la mochila, y se preguntó si aquellos autores, con sus palabras escritas hace siglos, habrían tenido miedo de no ser escuchados. Acarició las páginas, y en una esquina, entre tinta y polvo, encontró un dibujo del colegio, con su hermano señalando el cielo: "Alguna vez, ¿las estrellas nos pertenecerán?". La última carta, escrita al borde de la madriguera, no tenía destinatario. Valentina la abrió con un suspiro, y vio que las palabras de Goethe, Shelley y Hugo se habían entrelazado en sus hojas, formando una red de versos que sostenían su identidad. El clímax llegó cuando, al escribir "El mar no me devorará", comprendió que su trauma no era una grieta, sino un puente entre el antes y el después. Las cartas, que inicialmente buscaban consuelo, la habían transformado en una narradora de sus propios escombros. El cuaderno, ahora más pesado, simbolizaba una reconstrucción simbólica del yo, donde cada letra era una tezcla de un piano que tocaba en la oscuridad. El desenlace se dibujó con una mirada al horizonte. Valentina no sabía si su nueva ciudad volvería a ser cálida algún día, pero entendió que las palabras no son refugios, sino herramientas para mapear el silencio. En la última página, escribió: "Hoy escribo para mí. El mar no me devorará. El mar me devolverá". Fuera, el sol se alzaba sobre las ruinas, y las gaviotas, como si fueran versos desgarrados, volaban hacia un cielo que aún no sabía si era el mismo. El cuaderno quedó sobre la mesa, esperando que el viento de los Andes le trajera nuevas preguntas. Valentina cerró los ojos, y por primera vez desde el terremoto, escuchó el silencio no como una amenaza, sino como un eco de lo que podría ser"}

5) A partir del fragmento, ¿qué características del Romanticismo se manifiestan en la carta que Valentina escribe a Goethe?

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6) En el contexto del relato, ¿cómo se puede evaluar la relevancia histórica y literaria de la obra romántica mencionada?

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ESCENA: Una oficina acristalada de la empresa Valdivia, ubicada en el corazón de Santiago. La luz ciega del sol chileno cruza los paneles de vidrio, reflejándose como una cuchilla en los rostros tensos de los personajes. En el centro, LUCIO, un joven de veinte años con la mirada perdida en un cuaderno desgastado, sostiene un lápiz como si fuera una espada. A su izquierda, su padre, DON MANUEL, un hombre de cuarenta y ocho con la voz de un oidor de la Corte, hojea hojas de balances financieros con expresión de hierro. DON MANUEL (levantando la vista con brusquedad): ¿Cuánto tiempo más toleraré que ese cuaderno te consuma, Lucio? La empresa no es un juego. Cada número que fluye de este edificio pesa más que cualquier pincelada tuya. LUCIO (con un hilo de voz, pero firme): Padre, no puedo seguir pintando con cifras y contratos. Mi alma arde con colores, no con cálculos. El arte no es un juego… es mi propósito. DON MANUEL (estallando): ¡Tu propósito es la vergüenza! ¿Acaso no ves que tu madre murió esperando que fueras más que un desviado con tinta en las uñas? Esta casa no se sostiene sobre sueños, sino sobre la sangre de quienes antes que tú eligieron la responsabilidad. (Silencio. La sombra de Don Manuel cubre la luz del dibujo en el cuaderno. Lucio baja la mirada, pero su puño se aprieta con fuerza. Una acotación: el reloj de la pared emite un tic-tac sonoro, como el eco de un latido desesperado. Un teléfono cercano suena con insistencia. Don Manuel responde con formalidad, mientras Lucio lo ignora, concentrado en un boceto de un paisaje andino.) LUCIO (en soliloquio, mientras borra un trazo): ¿Cómo dibujar un sol sin quemar la piel de quienes me observan? Mi padre ve en mí solo un traidor, no un artista. Pero ¿qué es la tragedia si no la lucha entre lo que se es y lo que se debe ser? (Se detiene. La imagen de un hombre joven, con pincel en mano, se dibuja en su mente.) Quizás el cuadro que quise hacer estuvo siempre en la empresa, en cada curva de un gráfico, en cada acelerada decisión… pero no puedo ser su rey. DON MANUEL (colgando el teléfono con violencia): ¡Mañana será la asamblea! Debes firmar la cesión de acciones. Si no, la herencia será para tu hermana, que al menos entiende la realidad. LUCIO (parpadeando como si despertara): ¿Y si el arte también es una herencia? (Se levanta con lentitud.) Aunque la empresa me llame con su voz de mármol y oro, no puedo enterrar mi vocación bajo una lavallière de papeles. (El padre lo mira con desprecio contenido. Sale cerrando la puerta con estrépito. Lucio se queda solo, el cuaderno abierto sobre la mesa. Una acotación: el dibujo muestra a un pájaro encadenado, sus alas desgarradas por lazos que se parecen a lazos familiares. Suena el teléfono de nuevo, pero esta vez nadie lo contesta.) ESCENA DOS: Un mes después. El teatro Municipal de Santiago. El telón rojo es subido por una mano temblorosa. El público chasquea con desdén. Lucio, disfrazado de actor, recita en un tono apagado. Cada palabra suena como un eco en una tumba. De repente, se detiene. Su mirada se cruza con la de su padre, que observa desde la primera fila con una expresión de rechazo absoluto. LUCIO (en un acto de anagnórisis, la voz quebrada): …Y así, el príncipe abandonó el trono para ser polvo en el escenario. ¿No es ese mi destino? No puedo reinar sin traicionar mi propia sombra. (Aplausos fríos. La cortina cae. Lucio se desploma sobre el escenario. Una acotación: su cuaderno, ahora roto, se desliza y se abre. El dibujo final muestra un árbol cortado, sus raíces tiradas a la basura. Una palabra en la esquina: "Imposible".) ESCENA FINAL: La oficina, en la oscuridad de la medianoche. Don Manuel enciende una vela. Encuentra el cuaderno al pie de la chimenea. Sus manos, que han firmado cientos de acuerdos, tiemblan al hojear las páginas. En el último dibujo, el pájaro se ha liberado, pero el techo del edificio que lo dibuja se derrumba. La vela cae, el cuaderno arde. Don Manuel mira la foto de su esposa, cuyo retrato en la oficina siempre está cubierto con un paño negro. DON MANUEL (en soliloquio final, con la voz quebrada): ¿Qué castigo más cruel que ver morir a un hijo entre mi propia obra y sus desvaríos? (Se queda mirando el fuego.) El arte que rechacé… ¿no fue también una forma de vida? (Silencio. La escena final se funde en la llama de la vela, que se apaga. El telón cae con un sonido sordo, como un corazón que deja de latir.)

7) En el diálogo entre Lucio y su padre, Lucio afirma: 'No puedo enterrar mi vocación bajo una lavallière de papeles'. ¿Qué característica del Romanticismo se manifiesta en esta declaración?

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8) La obra presenta a un joven que elige el arte y rechaza el mundo empresarial de su padre. ¿Cuál es la relevancia histórica y literaria de esta temática dentro del movimiento romántico?

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Al filo de los gritos que el viento arrastra, el faro se clava en la piel del mar. Su luz, un alfiler que pica en la noche, traga el eco de todos los que buscan. La niebla, esa tejedora de mentiras, vuelve a coser el horizonte. No hay puertos en su lenguaje, solo ojos de sal y susurros que se rompen en el alma. Somos tinta en la superficie del mundo, huellas que el oleaje borra antes de que podamos firmar. El hombre, criatura de polvo y promesas, camina entre los escombros de su propia lógica. ¿Quién apagará la llama cuando el eco deje de escuchar? La niebla vuelve a caer, tejida con preguntas que el tiempo no responde. El faro, herido de luz, sigue llamando. Pero la verdad, como un pez de cristal, se desliza entre los dedos. Del mar solo queda el silencio, y nosotros, hilos que se trenzan entre la sal y el fuego, intentamos ser puertos sin conocer la carta. ¿Es la luz un faro o solo la sombra que nos enseña a mirar? La niebla empaña los nombres y el océano, con su infinito, nos levanta como hojas, para luego dejarlas caer en la inmensidad.

9) Identifica dos características del Romanticismo presentes en el texto y señala cómo se manifiestan.

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10) Evalúa la relevancia histórica y literaria de este texto como obra romántica. ¿Qué aporta al movimiento?

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