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En la bruma del amanecer, la flor de copihue se abre, / pero al mediodía cae, roja como el arrepentimiento. / Así, mi juventud: un suspiro breve que el viento entierra / en la arena del tiempo antes que el sol acabe su vuelo.
El río corre con mi risa, su escurrir de plata y sal, / pero las rocas, testigos mudos, guardan sus secretos en grietas. / Tu voz, un cántaro de luz que el viento se lleva a mitad, / y en la loma del atardecer, el eco se me pierde.
Aprendimos a sembrar promesas bajo la ceiba en flor, / pero las raíces del olvido ya rizan la tierra. / Cada beso, un lucero que se apaga con la aurora, / y la primavera, siempre fugaz, escapa a la noche.
¿Será el amor más fuerte que la llovizna que deshoja? / Si las montañas se desvanecen en polvo de estrellas, / quizás en el invierno sepamos, con el alma en silencio, / que lo efímero también lleva la semilla del cielo.
(141 palabras)
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(Escena: Un salón opulento de la corte, iluminado por velas que titilan en candelabros de plata. En un rincón, un espejo tallado con arabescos de oro parece observar desde su marco. Dos personajes entran: DON ALONSO, un noble con capa de terciopelo rojo, y PEDRO, su criado con vestimentas sencillas. La atmósfera es tensa, como si las paredes ocultaran susurros.)
DON ALONSO: (Se ajusta el sombrero con teatralidad, hojea un libro de leyes) ¿Qué es el honor, Pedro, sino la sombra de los reyes que somos todos en esta corte? (Señala el espejo con un dedo índice erguido) Allí se refleja nuestro brillo, aunque a veces… (Se interrumpe, mira furtivamente un sobre de cartas) Se borre en las tinieblas de un vil rumor.
PEDRO: (Sujeta el sobre con la mano, lo oculta tras la espalda) Señor, las cartas de vuestro primo don Rodrigo hablan de deudas, no de virtudes. ¿Aun así las mostráis en la cena como prueba de linaje?
DON ALONSO: (Ríe con voz pastosa, se sienta en un sillón) ¡Qué ingenuo eres! (Señala el espejo con un movimiento lento) El honor no es la verdad, sino la apariencia que proyectamos. (Se levanta, se acerca al espejo) Mira: en este reflejo, soy un hombre justo. Fuera, soy un hombre rico. (Se vuelve hacia Pedro) ¿No es suficiente con la luz que merece un caballero?
PEDRO: (Se inclina, pero su voz es firme) ¿Y si esa luz es solo fuego de antorcha, señor? (Señala la sombra que proyecta el espejo sobre el suelo) En la penumbra, todos somos iguales. Solo los que buscan verdad allí… (Hace una pausa) No se lavan las manos de tinta falsa.
DON ALONSO: (Cruza los brazos, sujeta un anillo con la empuñadura de la espada) ¡Calla, villano! (El espejo refleja su gesto violento, pero en el reflejo su anillo parece una cadena) Tú no entiendes el peso de las palabras. "Justicia" y "honra" son dos caballos que arrastran un carro… (Se detiene, mira el espejo con confusión) ¿Por qué me veo… así? (El reflejo le muestra la cara con una máscara de hielo)
PEDRO: (Se acerca al espejo, lo observa) Porque el espejo no miente. (Toma un frasco de vino, le ofrece a Don Alonso) Al igual que este licor: parece puro, pero tal vez haya añadido en él la liebre del orgullo y el azogue de la mentira.
(Entra GASPAR, un mercader con galones desgastados. Se detiene al ver el espejo y sus reflejos. Su voz es áspera, pero respetuosa.)
GASPAR: Señor Don Alonso, he venido a ofrecer un pacto. (Extrae un cofre de madera y lo coloca sobre la mesa) En cambio de un certificado de nobleza, os entregaré… (Abre el cofre; dentro hay monedas de oro y documentos quemados) La historia real de vuestro linaje. (El espejo refleja sus manos, limpias, mientras las de Don Alonso en el reflejo están teñidas de fango)
DON ALONSO: (Se aleja del espejo, su tono es helado) Tú, Gaspar, no comprendes que la verdad es un instrumento que algunos guardan en el baúl… y otros envenenan con melaza. (Se acerca al cofre, lo cierra con violencia) Mi honor es un león, no un perro que muestra sus heridas.
PEDRO: (Toma el frasco de vino y lo vacía en un florero) Pero ya veo, señor. (Señala el líquido que se esparge por la tierra) El honor solitario no florece. Solo alimenta raíces que se pudren en la oscuridad.
GASPAR: (Extiende las manos, sus gestos son rudos pero sinceros) Yo no busco honra. (Señala el espejo) Solo ver en qué espejo me miran los demás. No es oro lo que vendo, sino la libertad de no ser juzgado por un título roto.
DON ALONSO: (Señala el espejo con un dedo tembloroso) ¡Basta! (El espejo se parte, un eco suena. Las sombras de los personajes se desdibujan) En esta corte, quien no escribe su propia historia, la escribe otro. (Se viste con nuevos galones que le entrega Pedro, pero los dedos se le encharcan en tinta) ¡Que el mundo vea mis armas, no mis heridas!
PEDRO: (Coge un trozo del espejo roto, lo apunta con una luz exterior) Mientras el espejo esté roto, su luz será ciega. (El reflejo de Don Alonso se fragmenta, mostrando múltiples rostros contradictorios)
GASPAR: (Le devuelve el cofre a Don Alonso, pero al abrirlo, solo hay cenizas) Esta es la moneda más justa: la que no deja rastro. (Se aleja, su sombra crece como si fuera la del rey)
DON ALONSO: (Se desploma sobre el sillón, mira las cenizas con desesperación) ¿Dónde está el honor? (Las cenizas se mezclan con la tinta de su capa) ¡No puede ser que en esta corte, la virtud se vea primero en los pies y nunca en las manos!
PEDRO: (Se arrodilla, recoge un fragmento del espejo) El honor, señor, no es lo que llevamos sobre la piel… (Se lo entrega con solemnidad) Es lo que no mostramos en los ojos, pero no dejamos de sentir.
(El espejo se deshace por completo en la escena. Las velas se apagan. El eco de una campana suena mientras se oye a Don Alonso murmurar.)
DON ALONSO: (En voz baja, al aire) ¿Y si el espejo… no se rompe… sino que nos rompemos nosotros?
(Final. El escenario se queda en silencio, con solo el sonido de la lluvia afuera.)
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El viento de la mañana arrastraba el olor a polvo y hamburguesas calientes por calle Catedral. Marita apoyó la espalda contra el tronco de un quillay, roído por la humedad, y observó cómo las luces de los embotellamientos se deslizaban como serpientes sobre el asfalto. Había llegado a Santiago hace tres meses, pero las aceras seguían pareciéndole ríos de personas que no sabía nadar. Sus dedos rozaron el borde del diario que llevaba en el bolsillo, su único alivio desde que dejó elquilque y los jarilluces de la cordillera.
"¿Quieres un helado?", le preguntó el vendedor ambulante al otro lado del parque, con su carrito oxidado pintado de colores que gritaban como los edificios. Marita negó con la cabeza, sabiendo que su monedero no alcanzaba para un postre que se derretiría antes de que pudiera saborearlo. En el fondo, no quería helados. Quería el sabor de la camanchaca en las mañanas, el rumor de los cumbes (palomas) en los tejados, la forma en que el abrazo de la tierra te cambiaba el paso.
Su mirada se perdió en un grupo de adolescentes que reían a carcajadas mientras jugaban con sus tablets. Eran como insectos brillantes, cada uno encerrado en su mundo de pantallas y apps. Marita recordó cuando, en el pueblo, las tardes se llenaban de voces de vecinos que compartían mates y cuentos de duendes bajo el mismo cielo. Aquí, el sol se escondía tras los rascacielos y cada persona caminaba como si llevara un monte encima.
Mientras recogía una hoja seca que había caído en su regazo, escuchó el eco de una guitarra. No era el acorde familiar de las canciones criollas, sino una sucesión de notas que parecían navegar entre el dolor y el alivio. Siguió el sonido hasta una esquina, donde un hombre de bigotes grises y camisa desgastada tocaba un instrumento que apestaba a historia olvidada. Sus dedos, morenos como el tronco del roble, pululaban sobre las cuerdas con una urgencia que hacía cosquillas en el pecho.
"¿Te gusta?", le preguntó el músico, sin dejar de tocar. Su voz era un río que había cruzado muchos desiertos.
Marita asintió, y de pronto se sintió tan visible como la estatua del Parque Cousiño, expuesta y vulnerable. El hombre interrumpió la canción y se inclinó sobre su guitarra: "Mire, jovencita, a veces la ciudad te habla con gritos y tú crees que es el único idioma. Pero si te das permiso, aprende a escuchar sus susurros".
La frase le quemó como el sol de mediodía. Recordó la noche antes de empaquetar sus cosas, cuando su abuela le advirtió: "En Santiago no hay colina que te ara". Entonces no entendió el dicho, pero ahora, mientras el hombre continuaba tocando una pieza que mezclaba canto y llanto, Marita comprendió que la soledad no era solo una cama vacía. Era una ausencia que se colaba por las ventanas, una huella que la ciudad borraba con cada paso apresurado.
Esa semana, se topó con el músico en otros lugares: en un cine al aire libre donde proyectaban clásicos de la Patagonia, en una librería de libros usados que olía a hojas de trébol, en una terraza donde servían té a contraluz. Cada encuentro iba acompañado de una frase: "La soledad es un espejo que no limpias"; "No todos los silencios son huecos"; "Hay más unión en un puente roto que en mil filas de tránsito".
Un día, el hombre no apareció. En su lugar, encontró una nota doblada dentro del diario, junto a un lápiz de madera labrado. La caligrafía, torpe y urgente, decía: "Voy a Rancagua. Mi nieto empezó en la universidad. Ahora te toca a ti escribir alguna historia que no se pierda en el ruido".
Marita guardó el lápiz con cuidado, como si fuera un pedazo de su alma que no sabía cómo sostener. Al día siguiente, se unió a un taller de mural en la comuna de Macul. Allí, aprendió que los colores no se mezclan solos; se necesitan manos que se toquen, que se deslicen sobre la superficie rugosa del universo. Las paredes se llenaron de paisajes imaginarios, pero lo que realmente brotó fue un alivio que no había sentido desde la última cosecha de trigo, cuando el viento se llevaba el polvo y no las palabras.
Ahora, cuando camina por el parque, el ruido se siente más ligero. No ha eliminado la soledad, pero ha aprendido que también puede ser un comienzo. Un espacio donde las miradas se cruzan, donde los silencios se convierten en preguntas, y donde, tal vez, alguien más ha traído un lápiz.