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[Escena: Una sala clara de palacio de la Nueva España, con un cielo nocturno visible a través de grandes ventanas. Una tormenta azota el exterior, mientras dentro, el fuego de la chimenea proyecta sombras violentas sobre un mapa de América del Sur y una espada desenvainada. Dos figuras se enfrentan: DON LUCRECIO, un hombre de mediana edad con traje de seda pero ojos fatigados, y CAPITÁN RODRÍGUEZ, un joven de aspecto fiero con un parche de cuero en el ojo.]
DON LUCRECIO: (Golpea la mesa con un puño) Escuchadle, muchacho... El virrey duerme como un ermitaño, y su hijo es más cobarde que un lagarto bajo el sol. ¿No ves que el poder es un río que se desborda? (Señala el mapa) Aquí, el oro del Perú... allí, las esmeraldas de Nueva Granada. (Señala la espada) Pero ¿qué hago con esto si el rey ya no es rey?
CAPITÁN RODRÍGUEZ: (Aferrado a la empuñadura de su sable) El honor no se mide por el ruido de las monedas. (Levanta la vista) Su Excelencia no nos ha abandonado. Solo... (Se ríe amargamente) solo nos ha pedido paciencia.
DON LUCRECIO: (Se acerca, susurrando) La paciencia es la tumba de los héroes. (Abre un cofre sobre la mesa) Mire esto: una carta del rey, sellada con el mismo sello que usa el virrey. (Extiende el documento) ¿Verdades o mentiras? ¿No se ha preguntado por qué el gobernador manda a ejecutar a los rebeldes por 'traición imaginaria'? (Rápidamente) Porque el rey no existe. Es un cuento para que no nos amotinemos.
CAPITÁN RODRÍGUEZ: (Toma la carta, la examina con intensidad) Esta caligrafía... no corresponde a ningún escribano real. (La lanza al fuego) Engaño, pero no el que parece. (Levanta su sable con solemnidad) Yo juré defender la justicia, no el miedo.
DON LUCRECIO: (Se sienta, rascándose la nuca) Justicia... palabra que huele a cuento de abuela. (Le muestra una bolsa de oro) ¿No ve? Esta plata puede comprar un título. (Señala el mapa) Un gobernador, un gobernador real, que no dependa de nadie.
CAPITÁN RODRÍGUEZ: (Agarra la bolsa, la sacude con indiferencia) El oro compra el silencio, no el alma. (Se acerca a la ventana) Esta tormenta no es casualidad. (Señala el río fuera) El pueblo se levanta, los indios buscan libertad. (Rota) ¿Cree que la corona nos perdonará si nos vemos divididos por nuestra ambición?
DON LUCRECIO: (Se levanta, caminando de un lado a otro) ¡Divididos! (Se detiene, mirando el sable del joven) Usted cree en la cruz, ¿verdad? (Ríe) Pues clávele en el corazón al que quiera cambiarla por un puñado de reales. (Juega con el cofre) El rey murió hace siglos. Lo que vive ahora es la leyenda que necesitamos.
CAPITÁN RODRÍGUEZ: (Lejos, con voz tensa) Entonces... (Se vuelve, con el sable en alto) ¿Debo jurar lealtad a la mentira?
DON LUCRECIO: (Interrumpe, sarcástico) Jurará lealtad al que manda. (Le reta) ¿Qué prefiere, muchacho? Luchar por un espejismo o construir una nueva España con mis manos. (Señala el cofre) Aquí hay un plan: repartir las tierras, elevar a los criollos, crear un gobierno limpio.
CAPITÁN RODRÍGUEZ: (Guarda el sable) Usted quiere ser rey. (Se acerca al cofre) Porque el rey le da miedo. (Levanta una carta del suelo) Esta es mi respuesta: iré a las montañas, hablaré con los líderes indígenas. (Se vuelve) Que el virrey y el 'rey' se enfrenten. Yo solo necesito saber que... (Vacila) que no traicionaré a quienes me juraron fidelidad.
DON LUCRECIO: (Lo detiene con una mirada) Y ¿qué le dice a don Ignacio, que la semana pasada confesó que no volvería a su hogar si no le entregamos el título de capitán general? (Le muestra un retrato) Su esposa y sus tres hijos en una celda. (Rápidamente) ¿Quién salvará a la familia cuando el honor no sea más que cenizas en la chimenea?
CAPITÁN RODRÍGUEZ: (Mira la imagen, luego la rompe) Los niños pueden vivir sin un título. (Se acerca al fuego) El honor no se compra, pero tampoco se vende por el oro de un usurpador. (Levanta el sable) Si el rey es falso, que perezca. Pero si es verdadero... (Le mira fijamente) que perezca su sombra.
[El trueno rompe el silencio. El Capitán pone la espada sobre la mesa, entre ellos. DON LUCRECIO la contempla, luego la cierra con una mano.]
DON LUCRECIO: (En voz baja) Entonces, ¿cuál es su elección?
CAPITÁN RODRÍGUEZ: (Guarda su sable) No es mi elección. Es el peso de los sueños. (Señala el mapa) Usted quiere un reino de hombres que no teman al rey. Yo quiero un reino donde los sueños no corrompan el honor. (Se acerca a la puerta) Que la tormenta decida quién tiene razón.
[El Capitán sale. DON LUCRECIO toma el cofre, lo abre y mira los pergaminos dentro. Su rostro se ilumina con ambición, pero sus manos tiemblan. El fuego consume el retrato de la familia. El mapa cruje al caer una gota de lluvia en la ventana. La luz se apaga, dejando solo la sombra de la espada sobre el mapa.]
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En la cumbre donde el cielo
se abraza al viento castaño,
una flor despierta, breve,
con su rojo preguntando.
Como el huemul, que en la niebla
busca el eco de su otoño,
ella ríe, aunque la tierra
ya murmure el adiós del río.
Las hojas, cartas sin remitente,
llevan humo y alba vestido;
en cada gota, el tiempo cierra
la herida que no ha sanido.
Pero en la raíz del maqui,
donde mora el sabor del tiempo,
encontrará, aunque se vaya,
un amor que no se agri.
El viento, al besarla, deja
un rastro de ceniza y espuma;
su belleza, como la nieve,
huye, pero enraíz la suma
de días que el sol no alumbra,
y en la niebla, el huemul anhela:
la juventud es un suspiro,
su flor, un rayo que se sella
en la memoria del invierno,
su amor, la tierra que no muere,
pero vive, aunque el viento
lleve el nombre del que se pierde.
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ESCENA: Un salón opulento de un palacio seco y frío. Las paredes están cubiertas de cuadros de guerreros y caballeros, pero sus marcos están agrietados. En el centro, un espejo antiguo, sujeto por cadenas de hierro, refleja a medias. Fuera, el grito de un gallero anuncia el amanecer.
(DON ALONSO, un noble de mediana edad con traje elegante pero desgastado, entra con paso firme. Sujeta una carta en la mano derecha. Llama a su criado)
DON ALONSO (en voz baja): ¡Juan! Ven inmediatamente. Tengo que preparar la recepción.
(ENTRA JUAN, un criado de rostro hoscamente cansado)
JUAN (con ironía): ¿Otra vez con la carta? Ya sabe que el contenido no cambiará, aunque repasemos mil veces la presentación.
DON ALONSO (alterado): ¡Calla! El honor de mi casa depende de esto. Mañana se anunciará mi compromiso con doña Leonor, y no permitiré que nadie vea el rostro que dejé en la cárcel hace veinte años.
(JUAN se encoge de hombros y se retira. DON ALONSO examina el espejo con manos temblorosas. Sus reflejos se multiplican por las grietas)
DON ALONSO (murmurando): El honor es una máscara... pero si se rompe, todo se desmorona. (Se ajusta la capa como si ocultara algo)
(ENTRA SANTIAGO, un campesino con ropa sencilla pero limpia. Trae un cesto de frutas. La tensión sube)
SANTIAGO (sonriente): ¿Señor? Traigo las uvas que ordenó. Han madurado bien este año.
DON ALONSO (con brusquedad): No te veo en tu lugar, Santiago. Deberías arreglar el huerto, no molestar a los nobles.
SANTIAGO (sin inmutarse): El huerto está listo, pero el suelo lo ha visto más limpio que su espejo.
(DON ALONSO se pone pálido. SANTIAGO acerca el cesto al espejo. Las uvas son tan perfectas como el reflejo que lo rompe)
DON ALONSO (furioso): ¡No te atrevas a compararte conmigo! Tu labor es servir, no juzgar.
SANTIAGO (suavemente): El juicio no es mío, sino del espejo. Dice que usó su plata para comprar el silencio de un hombre que perdió el honor en la taberna.
(DON ALONSO retrocede. La luz del amanecer resalta las grietas del espejo)
DON ALONSO (en voz queda): Eso era antes... ahora soy un hombre distinto.
SANTIAGO (sujeta el espejo con cuidado): ¿Y quién lo vio antes? ¿El niño que tiró su título por un vaso de vino? ¿El hombre que acusó a un inocente para esconder su deuda? (Rompe una cadena y el espejo se tambalea)
(EL espejo cae y se rompe. DON ALONSO mira las piezas y sus reflejos se multiplican, mostrando versiones más jóvenes y más viejas de sí, cada una con rasgos más oscuros)
DON ALONSO (desesperado): ¡Basta! No hay honor en las virtudes que nadie puede comprobar.
SANTIAGO (recogiendo los trozos): El honor verdadero no necesita espejos. Vive en lo que se hace, no en lo que se dice.
(EL gallero vuelve a gritar. DON ALONSO se agacha y recoge un fragmento del espejo. En él, su mirada es la de un niño llorando)
DON ALONSO (en voz alta): Llama al sastre. Necesito un nuevo traje... y que nadie mencione esta noche.
(SANTIAGO se queda mirando el suelo. Las uvas caen una a una, manchando el mármol. El telón se cierra con el sonido de la cadena rota cayendo al suelo.)
(LUZ apagada. Sonidos de la ciudad a lo lejos. Un grito ahogado. El espejo sigue roto.)