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ESCENA: Salón de la Cámara Municipal de una pequeña ciudad costera. Tarde de verano. Una mesa de madera gastada ocupa el centro, con mapas y planos extendidos. En un rincón, una lámpara de pie proyecta sombras que bailan sobre las paredes. A la entrada, una puerta de madera desteñida que cruje al abrirse. [Dos personajes entran. El ALCALDE, de mediana edad, lleva un bastón de madera tallado con escenas de la naturaleza local. EL INGENIERO, joven y vestido con traje moderno, sostiene un plano arquitectónico enmarcado en metal.]
ALCALDE: [Se sienta lentamente, colocando su bastón sobre la mesa. La madera cruje al contacto.] ¿Qué nos trae esta vez, don Marcelo? Ya veo el brillo en sus ojos...
INGENIERO: [Reparte folletos entre los consejeros. Su voz es clara, con acento de urgencia.] Un complejo turístico. Jardines, piscinas, hoteles. Traerá empleos a cientos de familias...
ALCALDE: [Cruza los brazos, el gesto parece endurecer el aire. Un pájaro enjaulado en un perchero cercano emite un chillido ahogado.] Pero ¿a qué costo? Esta bahía no es un trozo de tierra más...
INGENIERO: [Se levanta, señalando el mapa con un lápiz de acero.] Ya no. ¿Prefiere mantener este pueblo en la pobreza por honor a una bahía que no dará más que recuerdos?
[Los consejeros murmuran. Un viento repenteleva las hojas de los planos. En el rincón, un reloj de pared se detiene y comienza a retroceder.]
ALCALDE: [Se pone de pie, el bastón resbala y se parte. Madera y clavos caen sobre el suelo como huesos rotos.] Mi honor no es un obstáculo. Es la raíz que sostiene a este pueblo. [Una gota de lluvia inesperada golpea el vidrio de la ventana, abriéndose paso entre las hojas.] ¿Qué le mostrará al mundo cuando arranque las dunas que protegen a nuestros hijos?
INGENIERO: [Atrapa un folleto que vuela por la ventana abierta. Su rostro refleja la intensidad de la tormenta exterior.] Don Emilio, no todos pueden esperar a que los hijos crezcan. [Señala un diapositivo encendido: una imagen futurista del complejo turístico con luces que parpadean como estrellas falsas.] Esta bahía será un espejo para millones. ¿Preferiría que reflejara la miseria de los pescadores o la gloria de un progreso moderno?
[Un consejero se levanta, pero se sienta inmediatamente al ver que el Alcalde ha tomado la copa de vino con manos temblorosas. El Ingeniero se acerca a la puerta y cierra el perchero con un clic metálico, silenciando al pájaro.]
ALCALDE: [Su voz baja, como si hablara con la bahía invisible fuera de la ventana.] Anoche soñé con la grieta. [Abre un mapa antiguo, revelando un dibujo de la bahía con animales marinos.] La naturaleza es nuestra grieta... No la podemos sellar con cemento.
INGENIERO: [Desenrolla un rollo de papel que cuelga de su cinturón. La imagen muestra olas de metal.] El progreso es una grieta que se abre paso. [Toma la copa de vino y la llena con un líquido azul transparente que lleva en su chaqueta.] ¿O prefiere que sigamos... viviendo en el pasado?
[El Alcalde recibe el vaso con recelo. El Ingeniero sonríe mientras el líquido forma burbujas que desaparecen rápidamente. En la pared, una grieta real comienza a aparecer, paralela a la del mapa.]
ALCALDE: [Toma un sorbo. El vaso resbala y se rompe en el suelo. Gotas de líquido azul forman un sendero hacia la grieta de la pared.] ¿Y qué promesas se esconden bajo ese azul? [La grieta en la pared emite un susurro que suena como el viento marino.] El honor no tiene color, don Marcelo. El honor es lo que decide cuándo rompemos el equilibrio.
INGENIERO: [Se acerca a la grieta que ahora crece. La lámpara de pie se apaga. La habitación queda a oscuras excepto por la luz de la ciudad que entra por la ventana.] Quizás... [Se rasca la nuca, el gesto parece contradecir su seguridad.] quizás podríamos hacer una excepción. [Un trueno ahoga sus palabras. En el mapa, una bandera de madera se tambalea.] Solo para el primer edificio...
[Se escucha un grito de alerta desde el exterior. Un consejero corre a la ventana y devuelve un periódico mojado por la lluvia. El Alcalde lo toma con manos firmes.]
ALCALDE: [Levanta el periódico con una foto de la bahía cubierta de plástico.] Esto no es progreso. Es la muerte disfrazada de promesa. [El Ingeniero intenta tomar el periódico, pero el Alcalde lo levanta alto, como si fuera un testamento.] ¿Cuántos años le quedan a esta bahía, don Marcelo? ¿Cuántos?
INGENIERO: [Se acerca a la grieta y coloca su mano sobre ella. El ruido del viento cesa, como si el destino también escuchara.] Treinta. Cuarenta. [Su voz se vuelve más baja.] No condenaré a este pueblo a ver la bahía desde una caja de cristal en el museo.
[El Alcalde saca de su bolsillo un cuaderno antiguo. Se lo entrega al Ingeniero, que lo abre y encuentra dibujos de boyas, bosques y estrellas. En la última página, una hoja seca de eucalipto.]
ALCALDE: [Camina hacia la puerta, deteniéndose en el umbral.] Entonces comparta con nosotros. [La puerta cruje al cerrarse, y el reloj de pared comienza a marcar las horas.] ¿Qué espera ver en su espejo de acero? ¿Millones de turistas o simplemente... [La puerta se cierra con un sonido que imita una ola.] el reflejo de un hombre que vendió el futuro por un presente brillante?
INGENIERO: [Mira la grieta en la pared. La luz del mapa proyecta sombras que se multiplican. El cuaderno se cierra con un estruendo.] [Se aleja de la mesa, pero antes de salir, deja caer el dibujo de la bahía.] Lamento las grietas, don Emilio. [Sale, sus tacones resonando como martillos en el silencio.]
[El Alcalde se inclina, recoge el dibujo. En la grieta de la pared, el susurro vuelve, ahora acompañado de un eco que suena como risas infantiles. El reloj se detiene otra vez, y comienza a marcar horas de nuevo. El escenario se sumerge en la oscuridad.]
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ESCENA I
[Sala opulenta de una casa noble madrileña. Las paredes están cubiertas de espejos dorados que reflejan el brillo de un candelabro de plata. En un rincón, un cuadro de la Virgen reparte su mirada serena sobre la escena. Dos criados ajustan un tapiz con la escena del Juicio Final. DON ALONSO DE VARGAS, vestido con una capa forrada de armiño, se levanta de su sillón de terciopelo. Entra DIEGO, su criado, con un plato de frutas.]
DON ALONSO: (remendando el puño de su camisa con hilo de oro) Vamos, Diego, ¿aún no has aprendido a valorar el lujo que te rodea? (Señala los espejos) Cada reflejo es una lección de nobleza.
DIEGO: (depositando el plato con cuidado) Y cada sombra, una advertencia de humildad, mi señor.
DON ALONSO: (riendo con amargura) Humildad... ¿Para qué? Aquí, en esta sala, el honor se mide por el brillo de los adornos. (Se acerca a mirarse en un espejo) Mientras otros mendigan, yo ofrezco banquetes.
DIEGO: (bajando la cabeza) Y mientras otros dan pan, Vargas da francachelas, mi señor.
[Se escucha un carraspeo. Entra un HOMBRE EN MÁSCARA, cubierto por un manto oscuro. Sujeta en la mano derecha un espejo negro, y en la izquierda, una carta sellada.]}
ESCENA II
[HOMBRE EN MÁSCARA camina lentamente, observando los espejos dorados con desdén. DON ALONSO recupera su compostura, aunque su mirada de inquietud no se disimula.]}
DON ALONSO: (con voz untuosa) ¿Quién osa profanar el sagrado recinto de esta casa?
HOMBRE EN MÁSCARA: (abriendo el espejo negro) Aquel que busca el verdadero honor, no en el brillo de los espejos, sino en el espejo de la conciencia.
DIEGO: (acercándose con cautela) ¿Y qué conciencia buscará un hombre que camina con la faz cubierta?
HOMBRE EN MÁSCARA: (lanzando la carta sobre la mesa) Esta carta, firmada por el Conde de Villanueva, revela vuestro pacto con los mercaderes para enriquecerse a costa de los alimentos robados a los pobres.
DON ALONSO: (palideciendo) ¡Sois un impostor! (Señala los espejos) ¿No veis que estas paredes reflejan la grandeza de mi casa?
HOMBRE EN MÁSCARA: (levantando el espejo negro) Y yo veo que vuestra grandeza es solo el reflejo de vuestros pecados. (Se acerca a DON ALONSO) Mirad.
DON ALONSO: (retirándose) ¡Basta! Mis enemigos son muchos, pero las apariencias son mi mejor armadura.
ESCENA III
[La voz del HOMBRE EN MÁSCARA se vuelve más grave. En el espejo negro, comienza a aparecer la imagen de DON ALONSO, pero distorsionada: sus joyas se convierten en cadenas, sus manzanas en huesos, sus espejos en pupilas vacías.]}
HOMBRE EN MÁSCARA: (con tono de eco) El honor no se vende en los mercados... (El reflejo de DON ALONSO en el espejo negro muestra un mendigo) ...ni se compra con monedas de plata.
DIEGO: (sujeto a la carta) ¿Es cierto, mi señor? ¿Estáis...?
DON ALONSO: (abofeteando a Diego) ¡Calla, villano! (Toma una copa de vino, derramando un poco sobre su camisa) Mi honor... (Señala el cuadro de la Virgen) ...es sagrado. Nadie lo cuestiona.
HOMBRE EN MÁSCARA: (acercándose al cuadro) La Virgen ve más allá de las apariencias. (Toma la carta y la lee en voz alta) "Don Alonso, disponed de las cestas vacías que nadie preguntará por el pan que falta..."
[La tensión crece. DON ALONSO intenta cubrir la carta con un abanico, pero cae un trozo de seda.]}
ESCENA IV
[El candelabro titubea, proyectando sombras grotescas en las paredes. DON ALONSO, ahora desesperado, forcejea con el espejo negro. Diego, con la voz más firme, le habla al misterioso visitante.]}
DIEGO: (con tono filosófico) ¿Acaso no somos todos máscaras? El noble con su capa, el siervo con su sombrero, el mendigo con su andrajo.
HOMBRE EN MÁSCARA: (mirando a Diego con intensidad) El mendigo lleva solo una máscara. El noble... lleva cien.
DON ALONSO: (tomando el espejo de las manos del visitante) ¡Maldito instrumento! (Lo arroja al suelo, donde se rompe en mil pedazos) ¡Ya no seréis mi juez, ni siquiera vos, Virgen!
[El cuadro de la Virgen se oscurece. Los criados retroceden. Diego recoge un pedazo del espejo roto.]}
DIEGO: (a DON ALONSO) Ahora que el espejo está roto, ¿qué reflejo elegiréis mostrar?
DON ALONSO: (con voz trémula) El que siempre mostré: el de un caballero. (Toma una daga oculta y la apunta a Diego) ¡Y vos, criado, seréis mi testigo... o no seréis nada!
HOMBRE EN MÁSCARA: (deteniendo la daga con su manto) El honor no se impone con hierro, sino con verdad. (El espejo negro se vuelve a levantar) Recordad: el juicio final no se hace con tapices ni con vinos, sino con la luz de la justicia.
ESCENA V
[La escena se ilumina con una luz cenicienta. DON ALONSO, ahora solo con su camisa interior, se mira en un espejo ordinario. Diego sostiene el espejo negro en la mano.]}
DON ALONSO: (mirando su reflejo) ¿Y si... si me viera el mundo así? (Toma un puñado de plata y lo arroja a los espejos) ¡Que se rompan todos! No quiero ver la verdad.
DIEGO: (con calma) Entonces, mi señor, seguiremos jugando a los espejos hasta que la máscara se vueva nuestra piel.
[HOMBRE EN MÁSCARA se acerca a la puerta, donde la luz exterior le permite vislumbrar su rostro: es un antiguo amigo de DON ALONSO, el fraile fray Isidoro, que había sido expulsado de la casa por "hablar en demasía".]}
FRAY ISIDORO: (quitándose la máscara) Hermano, el honor no es un espejo que romper. Es un reflejo que sobrevive incluso a la más cruel de las mentiras.
[Se va. DON ALONSO, en el silencio, mira los espejos caídos. En uno, su reflejo sigue siendo el noble de siempre. En otro, es un mendigo. Diego guarda la carta y el espejo negro.]}
DIEGO: (a solas) Toda máscara tiene dos caras: una para el mundo, otra para el infierno. Y entre ellas, ¿dónde queda la virtud? (Apaga el candelabro) Solo en la verdad, mi señor. Solo en la verdad.
[La escena se oscurece. El reflejo del Juicio Final en el tapiz ahora muestra a DON ALONSO entre las sombras de los condenados, mientras su nombre brilla en el dorso de un demonio.]}
[FIN DE LA ESCENA]
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En la mañana de tus dieciséis años,
como la flor que al viento entrega
sus pétalos en danza efímera,
la belleza te abraza con otoño.
Eres primavera y ya el río
canta lo que el tiempo no devuelve:
hojas de canelo que el invierno
arranca para enterrar en el sueño.
La juventud, ese pájaro de fuego,
se esfuma en el alba de la piel.
El amor, raíz de la montaña vieja,
sobrevive entre la ceniza y el viento.
Y ahora, bajo el cielo de la vejez,
la memoria guarda tu silueta
como estrellas enlutadas danzan,
tu voz en el viento, eterna y callada.