Romances y poesía popular
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Romances y poesía popular


Leer y comprender romances y obras de la poesía popular, considerando sus características y el contexto en el que se enmarcan.



📖 Lectura

Las olas rompen al amanecer como sueños que se abren a la luz, ondas de plata en el horizonte, besan la tierra con silencioso fuego. El mar susurra con brisa suave, un canto de esperanza y promesas, mientras el sol le da color a su eterna danza con las arenas. Pero bajo la luna de verano se agita su alma en mil tormentas, olas que huyen como recuerdos amargos y tiburones que son preguntas sin respuesta. En sus aguas profundas se esconden riostras de tristeza y barcos naufragados, corales que guardan el eco de risas ahogadas en la noche por un suspiro. Yo he sido barco en sus mares cambiantes, temblor en su espuma, velamen en su viento; he aprendido que los sentimientos son mareas que vienen y van sin permiso. Hoy miro el océano con nuevos ojos: sus olas no son solo sal y sombra, sino un espejo de nuestro interior, un abrazo amargo que también es canto. Porque en la piel del mar hay manchas de tiempo, cicatrices donde vivieron guerras silenciosas; su profundo azul no es solo un color, sino la voz del alma que no se calla nunca.

1) En el poema, se presentan rasgos propios de la poesía popular. ¿Cuál de los siguientes rasgos se puede identificar de manera directa en el texto? A) Utiliza un lenguaje complejo y rebuscado. B) Emplea elementos naturales como el mar y las olas para expresar emociones. C) Presenta una estructura de rima consonante en todo el poema. D) Relata la historia de un personaje heroico.

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2) A partir de la lectura del poema, ¿cuál es el propósito principal que se infiere? A) Describir la belleza del océano en diferentes momentos del día. B) Reflexionar sobre la relación entre el mar y las emociones humanas. C) Explicar el fenómeno de las mareas. D) Contar una anécdota personal sobre un viaje en barco.

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📖 Lectura

Camilo acariciaba las cuerdas de su guitarra con dedos temblorosos. Desde que tenía memoria, no pasaba un día sin que la música llenara su habitación. La melodía de las notas lo transportaba a un mundo donde las ecuaciones y los documentos legales no existían. Sus padres, abogado y profesora de matemáticas, habían estructurado su vida como una partitura: clases por la mañana, repaso de fórmulas por la tarde y, si le sobraba tiempo, unos acordes apurados antes de dormir. "Camilo, el futuro se construye con números y leyes", le decía su padre mientras revisaba un informe con mirada crítica. La madre, con su taza de infusión de romero, añadía: "La música es hermosa, pero no paga las cuentas". Las palabras se clavaban en su pecho como clavos oxidados. El chico guardaba sus cuadernos de partituras bajo la cama, junto a una foto del concierto en que su banda había ganado el segundo lugar en la escuela. Ese día, la audiencia lo había abrazado con sus aplausos, y por primera vez se sintió visto al completo. La noticia cayó como un rayo: el colegio ofrecía una beca completa para la universidad, pero solo si Camilo elegía ingeniería. Su amigo Tomás, baterista de la banda, lo abrazó fuerte al enterarse. "¡Vamos, Camilo!". El coro de alentadores ecos en la sala de ensayo contrastaba con el silencio tenso de la mesa del comedor, donde su padre desglosaba las ventajas del plan de estudios en una hoja llena de cálculos. Tres noches antes del concurso nacional para grupos emergentes, Camilo descubrió la invitación en el buzón. La fecha coincidía con el examen final de matemáticas. No podía faltar a ninguno. Su guitarra lo llamaba con sus cuerdas vibrantes, mientras el cuaderno de ejercicios se abría como un abismo. Recordó a Tomás, que había abandonado la escuela para tocar en una banda cafetalera y ahora dormía en un sillón destartalado. "¿Quieres que me convierta en eso?", preguntó, más para sí que para sus padres. El concurso era una lucha silenciosa. En el escenario, bajo la luz cruda, Camilo notó la cara de su madre en la primera fila. Ella lo observaba con esa expresión que mezclaba orgullo y preocupación, como si ya viera el futuro de niño con manchas de tinta de lápiz y no con rastros de tinta china en los dedos. Mientras afinaba la guitarra, sus manos recordaron la sensación de tocar en el bosque, donde el viento soplaba como un público interminable. Cuando llegó el momento de elegir, Camilo envolvió su guitarra en el paño de flores que le había regalado su abuela. "Creo que debo ir", murmuró, y por primera vez no usó el plural. Su padre frunció el ceño, pero no lo detuvo. Camilo notó que la madre guardaba un diario escolar con lágrimas sueltas. "Nosotros no entendimos tu música", escribió en una nota que dejó sobre la encimera, "pero entendimos tu decisión". En el concurso, Camilo no buscó premios. Movió la guitarra con el mismo empeño con que había resuelto integrales. Sus cuerdas relataron historias de flores que crecían entre las grietas de las aceras, de niños que soñaban con elevar sus voces por encima del viento. El jurado lo miró con ojos sorprendidos. Y cuando el telón se bajó, Camilo no sintió la victoria, sino la paz de una canción que finalmente se alineaba con su vida. Al otro día, un correo ofrecía una entrevista para una revista musical. Sus padres, en silencio, lo acompañaron a entregar los formularios de la universidad. "Ingeniería civil, pero con música como segunda especialidad", leyó Camilo. Su padre asintió. La cuerda que no se rompía ahora resonaba entre dos mundos: el de los números y el de los sueños."}

3) En el texto, ¿qué característica del romance o poesía popular se observa en la frase 'sus cuerdas relataron historias de flores que crecían entre las grietas de las aceras'?

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4) A partir del texto, ¿cuál es el propósito comunicativo o social de la canción que Camilo interpreta en el concurso?

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En el corazón árido del desierto de Atacama, donde el sol pintaba sombras naranjas en la tierra y las dunas guardaban secretos ancestrales, dos amigos caminaban con mochilas sobre los hombros y corazones cargados de expectativas. Camila, de once años, tenía el pelo corto como los cactus y mirada atenta; Tomás, su compañero desde la escuela primaria, llevaba siempre una sonrisa fácil y un mapa arrugado en el bolsillo. Ambos habían acordado no separarse nunca durante el viaje, pero la arena, testigo silencioso de cada promesa, también era la autora de malentendidos que nadie había previsto. La excursión escolar iba a ser mágica: observarían estrellas que titilaban como cuentos olvidados y vivirían aventuras bajo el cielo más puro del mundo. Sin embargo, el segundo día, mientras el profesor Javier les explicaba sobre geiseres de sal, Tomás notó que Camila lo miraba con desconfianza. "¿Por qué insistes en llevar el mapa?", le preguntó ella, frunciendo el ceño. "Es mejor tenerlo", respondió él, encogiéndose de hombros. "Tú siempre te pierdes, ¿no crees que es mejor prevenir?". Las palabras, aunque dichas en tono bromista, cayeron como un puñal. Esa noche, Camila se quedó dormida en vano. Soñó con dunas que se movían solas, con amigos que la abandonaban y con Tomás, sonriente, abrazado a otro compañero. Al despertar, encontró el diario que acostumbraba llevar y escribió: "No confío en tu forma de ver el mundo. Preferirías divertirte antes que cuidar de mí". Tomás, al ver el diario, no entendió de inmediato. Solo leyó parte de las páginas, y lo que vio lo congeló: "Camila sospecha que me alié con Matías para dejarla atrás en el valle". La culpa lo invadió, pero no tuvo tiempo de aclarar. Un vendaval inesperado separó a los grupos, y él y Camila quedaron solos, perdidos entre las ocre colinas. La desesperación tejió un mural en sus rostros. Camila caminaba hacia el este, convencida de que el refugio del profesor estaba allí. Tomás, con el mapa en la mano, insistía en ir al oeste. "¡No me sigas!“, le gritó ella, con los ojos cristalizados. "¡No sé qué te hizo pensar eso, pero no es cierto!“, le replicó Tomás, cediendo terreno. La arena se levantaba como si bailara una danza ancestral, y entre cada mota, la amistad se desgastaba. Durante horas, cada uno avanzó en su dirección. Camila, en la ruta equivocada, encontró un rastro de agua que desaparecía con el sol. Tomás, siguiendo el mapa, tropezó con una grieta y cayó. Justo cuando creía que jamás podría salir, Camila pasó cerca, pero no lo vio. "No me importa si se equivocó de ruta", murmuró ella, "solo no quiero que me traicione". Para Tomás, el mapa no era un arma, sino un recordatorio de que él siempre buscaba caminos más allá de lo evidente. Al atardecer, un eco de pasos los unió de nuevo. Camila, exhausta, miró a Tomás con una mezcla de miedo y esperanza. "Lo siento“, susurró él, extendiendo el mapa. "No sabía qué había en ese diario. Solo quería ayudar“. Camila desenvainó el diario con cuidado. "No te culpo por el mapa“, dijo, señalando la grieta. "Pero tuve que seguir adelante, y no te encontré“. Tomás, con voz ronca, reveló: "Vi tu diario. Pensé que no confiabas en mí. No supe cómo decírtelo sin que me odiaras“. La arena entre ellos se transformó en un espejo. Ambos habían actuado con miedo: Camila, temiendo ser abandonada; Tomás, temiendo no ser escuchado. El profesor Javier los encontró cuando las estrellas comenzaban a besar el suelo. "¿Cómo están?“, preguntó, y en sus ojos había un brillo de preocupación. Camila y Tomás intercambiaron una mirada. No necesitaban palabras. La lección del desierto era clara: las arenas no solo mueven montañas, sino también corazones. A veces, el silencio habla más que los gritos, y el perdón no es un acto, sino una decisión compartida bajo el cielo que no juzga.“}

5) Según el texto, ¿qué característica del romance o la poesía popular se observa en la promesa que Camila y Tomás hicieron al inicio del viaje?

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6) ¿Cuál es el propósito comunicativo o social del texto al presentar el conflicto de desconfianza entre Camila y Tomás en el desierto?

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En el corazón de la cordillera, donde los ríos murmuraban secretos antiguos y las montañas eran guardianes de los tiempos, vivía una joven llamada Mawetche. Su pelo era negro como la noche estrellada y sus ojos, de color del océano profundo, reflejaban el amor por la tierra que la cría. Cada mañana, antes de que el sol desperezara sus rayos, ella recorría los valles con una cesta de madera tallada, recolectando flores para adornar el altar de su abuela, la única que le enseñaba las antiguas palabras de los mapuches. Un día, mientras Mawetche caminaba hacia el río Mapocho, escuchó un llanto quebrado en el viento. Era el lamento de la tierra, seca y agrietada por el calor del verano. La joven se arrodilló en el suelo, colocando sus manos sobre la tierra ardiente. "¿Qué te duele, Madre?", preguntó con voz temblorosa. La tierra le respondió con susurros: "El copihue ha desaparecido. Sin su sangre roja, no habrá nieve en el invierno, ni frutos en la primavera". El copihue, la flor de color escarlata que brotaba en las faldas de los cerros, era el vínculo entre el cielo y la tierra. Se decía que su raíz absorbía la tristeza de los amantes separados y sus pétalos guardaban el recuerdo de sus abrazos. Pero ahora, solo quedaban espinas y hojas marchitas. Mawetche sabía que debía actuar, aunque el camino que elegiría la llevaría al borde de la eternidad. Decidida, tomó una lanza de madera de maqui y se adentró en el bosque. Allí, entre los árboles más antiguos, encontró a la gran ave Currulo, que había robado el don del copihue. "Devolvéle su magia a la tierra", le dijo con voz firme. La ave abrió sus alas, sus ojos brillaron como brasas y le advirtió: "Pagarás con tu vida, pequeña, o con el corazón de quien más ames". Mawetche vaciló. Su corazón latía con la imagen de su hermano pequeño, que dormía bajo la luna en la choza de su familia. Pero al mirar las ramas desgarradas por el viento, supo que la tierra era su raíz, su origen y su destino. Alzó la lanza y con un grito que resonó entre las montañas, se clavó en su propio pecho, ofreciendo su vida por el equilibrio del mundo. La tierra tragó su sangre, que se tiñó de rojo. De entre las rocas emergió una planta nueva, con hojas perennes y pétalos carmesí. "¡Mawetche!", lloró su abuela al verla florecer. La joven había transformado su cuerpo en el copihue, sus espinales eran las marcas de su lucha, y cada flor que nacía llevaba en sus venas la historia de su amor por la tierra. Desde entonces, los mapuches dicen que cada copihue que se abre es un mensaje: "No temas perder lo que amas, porque el sacrificio es la semilla de la vida". La flor, con su color vibrante, les recuerda que el amor verdadero no pide recompensa, sino que se entrega como el viento entrega su frescor al sol, como el río entrega su agua al océano. Y su raíz, siempre anclada, les enseña que la conexión con la tierra no es solo sobrevivencia, sino un baile sagrado entre lo terrenal y lo divino, entre el dolor y la esperanza, entre la muerte y la eterna primavera."}

7) En el texto, ¿qué característica propia de los romances o poesía popular se manifiesta en el diálogo entre Mawetche y la tierra?

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8) ¿Cuál es el propósito social implícito del relato sobre el copihue?

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Bajo la luna de pastos y espinos, se alzó el viento con voz de otoño, traía noticias de campos heridos y de un hombre que corta caminos. Ave sin alas, el Gavilán Rojo arrasaba con la injusticia en su paso; su espada era el trigo, su coraje un río que lava el polvo del mal. —¡Que el hambre no duerme en los establos! — gritaba al pasar, y el cerro lo escucha, mientras la autoridad, como perros lanzados del poder, le acechaban la huella. En la curva del río, un jinete murió con la plata de pobres a su lado; su sombra, más alta que la cornisa, se entrelazó con el alma del valle. Hoy, el viento sigue con voz de otoño, pero trae verso de tierra y acero: "El que el trigo hiere, hiere también la sangre del campo eternamente."

9) ¿Qué símbolos se usan explícitamente para describir la espada y el coraje del Gavilán Rojo?

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10) ¿Qué mensaje social se desprende del texto en relación con la lucha del Gavilán Rojo?

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