Contextualizar con textos no literarios
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Contextualizar con textos no literarios


Leer y comprender textos no literarios para contextualizar y complementar las lecturas literarias realizadas en clases.



📖 Lectura

El mar es un espejo que guarda los susurros, refleja la risa del cielo en sus vientres. Cuando el viento canta, sus olas se enfurecen, como el alma herida que llora sin ceder. En la bahía tranquila, el azul es tranquilo, nadando en la paz de un alba sin nubes. La espuma besa la orilla con cariño, como la esperanza que florece en los sueños. Pero al anochecer, los mares se rebelan, mueren las estrellas en su furia plateada. El temporal grita con voz de desamor, lanzando contra la costa su ira acorazada. Y así, como las mareas que nunca se acaban, los sentidos humanos suben y bajan. El amanecer trae nuevas olas, para que aprendamos a reenamorarnos del daño.

1) ¿Cuál es el propósito principal del texto?

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2) Según el texto, ¿qué se puede inferir sobre la relación entre el mar y las emociones humanas?

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📖 Lectura

En la antigua tierra de Wallmapu, donde los ríos serpenteaban entre colinas verdes y los cielos se teñían de tonos dorados al caer la tarde, vivía una joven llamada Luma. Era conocida por su risa que sonaba como el canto de las aves y por sus manos que, al tocar la tierra, despertaban flores en el acto. Luma amaba profundamente a su hermano Kaukule, un cazador valiente cuyo corazón palpitaba en sincronía con el viento. Juntos cuidaban de su aldea, sembrando no solo maíz y quinoa, sino también la esperanza de sus abuelos y nietos por venir. Un día, el ojo de Pillán, el gran espíritu del fuego, se enfureció. Los cielos se oscurecieron, los ríos se secaron y el sol, como una antorcha inmisericorde, quemó las hojas de los árboles. La aldea estaba abatida, y entre llantos, los ancianes murmuraron que solo un acto de amor supremo podría apaciguar al espíritu elemental. Luma, al escuchar esto, sintió un escalofrío en su espina. Sabía que el castigo no podría esperar más. —Kaukule, hermano, debes irte —dijo Luma, con voz baja pero firme, mientras acariciaba la cicatriz en la frente de su hermano,遗留 de una cacería anterior—. Toma la semilla sagrada y siéntala donde el sol hiere más la tierra. —¡No! —exclamó Kaukule, sus ojos llenos de desesperación—. ¿Cómo puedo abandonarte? ¿Qué harás sola? Luma sonrió con tristeza. —El amor no se mide en días o noches juntos. Se mide en lo que uno da por el otro. —Con un suspiro, se dirigió al cerro más alto, ondeando su pelo rojizo como una llama viva contra el cielo ceniciento. Allí, se arrodilló sobre las rocas calientes, con la mirada fija en el horizonte. Pillán, al verla, se acercó envuelto en nubes de fuego. —¿Qué ofrecimiento traes, hija de la tierra? —preguntó con voz arrasadora. —Voy a darte mi vida, pero no para que el sol se apiade de ti. Voy a darme para que el amor florezca donde ahora solo hay dolor. El espíritu sonrió, fascinado por su coraje. —¿Y qué obtendrás a cambio? —Que tu fuego se transforme en luz que abrigue, no en calor que hiere. Que las lágrimas de quienes me lloran revivan el suelo. Sin esperar respuesta, Luma se arrojó contra el fuego. El cielo tembló, y una lluvia de amapolas rojizas cayó sobre la tierra. El sol, ahora suave, bañó los campos con un resplandor cálido. Las lágrimas de Kaukule, mezcladas con la lluvia, nutrieron un brote rojizo que, al crecer, desprendió un aroma dulce que curaba el alma. Los años pasaron. Kaukule, en memoria de su hermana, sembró esa semilla en cada lugar donde el dolor se apoderaba del corazón de su gente. Con el tiempo, aprendió que el sacrificio no es perder, sino transformar. El copihue, cuyas flores rojas desprendían el mismo aroma que el llanto de Luma, simbolizaba una verdad profunda: el amor verdadero se nutre de la tierra y se eleva con la fuerza de quienes lo defienden. Así, cuando los niños mapuches hojean los bosques y encuentran el copihue, sus abuelos les cuentan cómo el fuego que hirió se convirtió en flor. Y cómo el pecho que se rompió por el dolor, se abrió para dejar crecer la vida.

3) ¿Cuál es la idea principal que se transmite al final del texto?

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4) ¿Qué actitud de Kaukule al final de la historia demuestra que entendió el mensaje de Luma?

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📖 Lectura

Camila y Sebastián eran inseparables desde que las clases de literatura los unieron en un proyecto sobre relatos mapuches. Ella, extrovertida y apasionada por las historias, siempre buscaba en sus amistades el aliento para sus ideas. Sebastián, en cambio, era introvertido, analítico y prefería la compañía de los libros a la de los grupos. Su amistad florecía en el equilibrio entre la espontaneidad y la reflexión. Juntos habían imaginado mil aventuras, pero jamás como la que se avecinaba aquel día. El viaje escolar al Cerro Santa Lucía era una tradición anual del Colegio San Ignacio. Camila, con su mochila rebosante de cuadernos y lápices, ya había decidido escribir un cuento desde la perspectiva de un árbol viejo mientras Sebastián, con su diario bajo el brazo, planeaba anotar observaciones sobre los cambios ecológicos del lugar. Para ambos, era una oportunidad perfecta para conectar con la naturaleza y con su amistad. Cuando el grupo llegó al mirador, el guía señaló que podían explorar senderos secundarios. Camila, entusiasmada, sugirió que siguieran el que llevaba al río. Sebastián, sin embargo, dudó. Mientras ella lo convencía con promesas de encontrar inspiración, un murmullo cerca de ellos interrumpió la conversación. Del otro lado de una roca, un par de estudiantes comentaba: "Espero que Camila no se meta con Sebastián, él es más serio que los demás. No entiendo por qué caminan juntos..." Las palabras, aunque no dirigidas a él, prendieron un fuego en Sebastián. Camila, al ver su expresión decaer, insistió, pero él se mantuvo distante, murmurando que prefería "explorar solo". Camila, desconcertada y herida, asintió y continuó con el grupo. Más adelante, cuando decidieron tomar un descanso, Sebastián se alejó hacia una cueva, buscando silencio. Camila, al no encontrarlo, preguntó a los demás, quienes le respondieron que "él quería estar solo". El enfado creció. "¿Tan mal soy para merecer que me deje así?", se preguntó, mientras registraba el incidente en su diario con frases desgarradas. De regreso al colegio, un crujido inesperado en el sendero alertó a todos. La tierra se movía. Camila, sin dudar, corrió hacia la cueva donde suponía Sebastián podría estar. Lo encontró acorralado por una roca caída, mientras el cielo se oscurecía con una tormenta iminente. Apenas él la vio, intentó disculparse: "Camila, no fue por ti. Solo..." Pero ella lo interrumpió, con lágrimas en los ojos: "¿Cómo pudiste creer algo así sin hablar conmigo?" La fuerza de la naturaleza los envolvió. La lluvia comenzó a caer con intensidad, y el grupo principal, al ver las señales de alerta, se reunió en un refugio. Camila y Sebastián, sin embargo, estaban aislados. Fue Sebastián quien, al notar que la cueva no era segura, insistió en buscar un lugar más alto. Camila, a pesar de su resentimiento, lo siguió, movida por el mismo instinto de cuidarlo que siempre la había impulsado. Durante la escalada, Sebastián reconoció su error. Las palabras de los otros chicos lo habían herido, pero no le había dado una sola oportunidad a Camila de aclararlo. Ella, por su parte, confesó que la idea de escribir sobre la soledad de los árboles le recordaba su propio miedo: a que Sebastián la viera como algo efímero, una amistad que no resistiría la crítica. "Nunca te vería así", respondió Sebastián, jadeando por el esfuerzo. "Tus historias me hacen ver el mundo desde otro lugar. Sin ti, solo soy un diario lleno de notas..." El clímax llegó cuando una rama se rompió bajo sus pies, y el suelo se deslizó. Camila cayó, pero Sebastián la sujetó con fuerza. La tormenta rugía, y en ese instante, ambos comprendieron que las dudas y los miedos no eran más fuertes que la lealtad que compartían. Camila, con su brazo herido, le pidió que la llevara al refugio. Sebastián, a pesar de su timidez, lideró la marcha con un ruego en sus labios: "No dejes de escribir. Tus palabras son el norte que uso para no perderme..." Al llegar al refugio, el grupo los celebró como héroes. Pero lo más importante no era el reconocimiento. Era la conversación que tuvieron bajo las estrellas, en un rincón apartado, donde se prometieron que las palabras y las acciones serían siempre sinceras. El día siguiente, al regresar a la ciudad, Camila escribió en su diario: "A veces, el miedo se disfraza de lealtad. Hoy aprendí que la verdadera amistad no se prueba con desafíos, sino con la valentía de hablar y la paciencia para escuchar..." Y Sebastián, con una sonrisa tímida, anotó: "La naturaleza nos enseña que las raíces más fuertes no crecen en la perfección, sino en la convivencia con la duda y el riesgo..." El relato termina con ambos compartiendo un chocolate en la plaza, pero esta vez, no como un reconstablecimiento de lo que era, sino como el comienzo de algo más profundo, una amistad transformada por la prueba de la tempestad y el aprendizaje de no juzgar por lo que no se mira directamente.

5) Según el texto, ¿qué aprendizaje menciona Camila en su diario al final del relato?

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6) ¿Por qué Sebastián decidió alejarse y explorar solo durante el paseo?

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En los acantilados de Valparaíso, el viento jugaba con las cuerdas de la vieja guitarra de Camilo. A los catorce años, el adolescente se sentía dividido cada mañana: su mochila con libros de álgebra y física pesaba tanto como el instrumento de madera que guardaba bajo su cama. Su padre, abogado de prestigio, le había asegurado que la música era un pasatiempo, no una profesión. Su madre, profesora de literatura, soñaba con verlo en el aula universitaria. Pero Camilo solo podía oír el eco de las canciones que nacían en sus noches, cuando la luna lo acompañaba con sus reflejos plateados sobre el Pacífico. El colegio ya tenía su proyecto: representarían una obra teatral con banda musical en el Festival Cultural de la Región. Camilo había sido elegido para interpretar un solo de cítara en el acto final. La música lo transportaba a otro mundo, donde los números y ecuaciones desaparecían, y sus dedos bailaban con la melodía como si fueran alas de mariposa. Sin embargo, ese mismo viernes tenía que rendir una prueba crucial para acceder al programa académico de excelencia. Sus padres lo habían reunido con sus tíos ingenieros y médicos, quienes firmaron un pacto silencioso: "Primero los estudios, Camilo". —Papá, no puedo cancelar la ensayo —dijo Camilo, con los ojos vidriosos, aquella tarde en la cocina. —¿Acaso no ves que tu futuro depende de esta oportunidad? —respondió su padre, ajustando los anteojos con dedos que temblaban más de cansancio que de enojo. Camilo se encerró en su cuarto y abrazó la guitarra. Las cuerdas vibraban con sus llantos, y el sonido que brotaba no era la canción que había aprendido, sino un lamento directo desde su estómago hasta las manos. Recordó a su abuelo, aquel marinero que le había enseñado a tocar bajo las estrellas, diciéndole: "La música te enseña a vivir, no a escapar". Al día siguiente, mientras caminaba hacia el colegio, una tormenta se desató sin previo aviso. La lluvia apagó el ruido de los cascos de los buses y las voces de los estudiantes, pero no logró sofocar el eco de una frase que repitió su profesora de música: "Esta competencia es tu puente hacia el conservatorio, Camilo". En el aula, el libro de matemáticas se le antojó un muro de acero. Sus compañeros charlaban sobre exámenes y becas, mientras él dibujaba acordes en el borde de sus cuadernos. El clímax llegó cuando, minutos antes de la prueba, Camilo recibió una llamada del director del colegio. La banda necesitaba aprobación final para el escenario. Sus padres lo vieron sudar tinta, con la mochila abierta: apuntes de física a un lado, su guitarra al otro, envuelta en un retal de manta azul. En la habitación silenciosa, el adolescente abrió el diario que su abuelo le había dejado. Entre las páginas amarillentas, encontró una tarjeta con la frase: "En cada elección, hay dos caminos. El de la tierra y el del corazón. Camina entre ambos". Esa noche, Camilo subió al escenario frente a cientos de espectadores. Las luces lo cegaron, pero en el caos de emociones, logró tocar el acorde inicial. Su padre, con la mandíbula tensa, lo observaba desde la primera fila. La cítara se transformó en una extensión de su alma, y en cada nota, Camilo desentrañó el dilema que lo atormentaba. Al finalizar, el público lo aplaudió como si hubiera desentrañado un misterio ancestral. El resultado fue inesperado: aprobó la prueba por la mínima y ganó el concurso de música con una pieza que fusionaba folklore chileno y acordes modernos. En la cena familiar, su madre lo abrazó y susurró: "Hiciste lo correcto, Camilo. Tu abuelo estaría orgulloso". Su padre, con voz ronca, añadió: "Pero no dejes de estudiar, hijo. La vida necesita equilibrio". Camilo aprendió que no se trataba de elegir entre dos mundos, sino de encontrar el ritmo que los uniera. Ahora, cuando toca bajo las estrellas, las matemáticas de su padre y las rimas de su madre fluyen en la melodía, como una danza eterna entre lo que se vive y lo que se sueña. Y en Valparaíso, el viento siempre lleva un poco de su música por los cerros, recordando que las decisiones más valiosas no se toman en la cima de la duda, sino en el abismo donde la pasión y la responsabilidad se dan la mano."}

7) ¿Cuál es la idea principal o propósito del texto?

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8) Según el texto, ¿qué aprendizaje obtuvo Camilo de su experiencia?

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En las laderas donde el viento corta, se esconde un hombre, la justicia armada. Sus botas rozan la tierra que sufre, donde el patrón mata con su maldad. La luna le guiña con ojos de plata, y el riachuelo guarda sus batallas. Un caballo negro, su sombra fiel, rompe el silencio del campo callado. —¡Venganza no pido, sino equidad! —clama al oír los gritos de los humildes. Roba monedas de los bolsillos gordos, ya que el poder se aferra al dolor, y el pueblo llora con hambre despierta. Un día, el alcalde montó su corcel, con diez mil hombres se armó de mal. —¡Coeur de león, vengo a atraparte! —pero el bandolero sonrió al sol: —Yo soy la voz de los campos en vilo, ustedes, solo cadenas y muro. La sierra gritó al caer la tarde, en una nube de plomo y de fuego. Desapareció, pero en cada arroyo, en cada monte, su esencia perdura. Ahora los niños, al ver la aurora, se juran que algún día, como él, llegarán a romper las cadenas de la opresión, con justicia en el alma y el corazón a flor de piel, bajo el sol de Chile.

9) ¿Cuál es la idea principal del texto?

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10) Según el texto, ¿qué simboliza el bandolero para los niños del campo?

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